
» La columna
Jueves, 14 de
febrero de 2007
Extracto de Hasta
que el paladar se acostumbre
al idioma alemán había que buscarlo. Era difícil encontrar a alguien dispuesto a
intercambiar algunas frases. Lo poco que había aprendido en el Ecuador parecía no
servirme; en Suiza se hablaba de diferente manera
mi profesora era una joven suiza, relajada, paciente y tranquila. A sus 25 años
quería obtener su bachillerato para poder estudiar en la universidad. ¿Hijos? No tenía
apuro. Primero tenía que obtener su nueva profesión, trabajar, conocer a su príncipe
azul, vivir con él, casarse para luego tener familia y poder quedarse en casa cuidando de
sus hijos. Iba a convertirse en madre a la edad en que mi mamá se convirtió en abuela.
Eliana se esmeraba en hablarnos en un alemán sin acentos. Imposible. El dialecto suizo
era tan poderosamente fuerte que aniquilaba la fonética de cualquier otro idioma.
Mis compañeros eran en su mayoría refugiados políticos que vivían ya hace
algunos años en Suiza. Se defendían como podían y trataban de hacer rendir toda ayuda
que el Estado suizo pudiera darles. Su interés por aprender el idioma era casi nulo, el
tener que asistir obligadamente terminaba acabando con la ilusión de poder aprenderlo.
Muchos venían huyendo de las secuelas de la guerra.
Solo el hecho de estar sentado oyendo a una mujer joven y simpática que se desvivía por
explicarles algo, les parecía ya un paraíso.
La que más dificultad de aprendizaje tenía era una vietnamita pequeña y flaca que
sufría de nostalgia aguda. Abatida por no entender nada, escondía siempre la cabeza
entre sus hombros dejando ver la pequeña calva que su infelicidad le estaba creando.
Descubrimos su nombre, cuando la profesora, poniéndose en posición de franco tirador y
dando disparos imaginarios con el pulgar y el índice por toda la clase, traba de
aclararnos la palabra pistola en alemán.
- ¡PEN, PEN, PEN! gritó la profesora
Brincando de su asiento, la magra muchacha respondió sobresaltada.
- Präsent!
El estallido de carcajadas no se hizo esperar. Pen, admirada por la revuelta que había
causado, se sentó nuevamente dejándose por fin contagiar de la dinámica del grupo
María Fernanda Salvador de Bergen
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