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Jueves, 11 de enero de 2007

El fiestón del Año Viejo:

Las celebraciones ecuatorianas de fin de año hacen parte de las tradiciones que más gustan e impactan al extranjero (y a nosotros mismos, claro). Mi esposo (un suizo alemán) también se dejó engatusar por ese lindo ambiente relajado de fiesta y familia, de baile, cantos y chistes, de comida rica, preparada, y presentada con dedicación y gusto.

Los desfiles de los artísticos e ingeniosos “años viejos” y sus disfrazadas comparsas, la quemada de éste, el baile discotequero con desayuno y caldo de patas, y el cebichito del 1.º de enero siempre me ayudaron a que no sea tarea difícil el convencer a mi marido para volver al Ecuador en diciembre.

En Suiza, a pesar del esfuerzo que hicimos para que por lo menos entre los amigos latinos la celebración de fin de año se parezca un poco a la de nuestros países, nunca quedamos satisfechos. Recuerdo que uno de los años en los que no pudimos regresar al Ecuador para diciembre nos fuimos a una de las discotecas latinas más conocidas de Zúrich. En El Cubanito, encontramos baile y buena música, inclusive la discoteca había contratado a unos taxi dancers , quienes, por supuesto tenían una pinta loca y cuerpos de ensueño, para que saquen a bailar a todas las mujeres del lugar y así alentar a los pocos suizos que estaban presentes para mover su esqueleto también.

A pesar de todos estos extras, faltó el conteo de los últimos segundos, los abrazos y buenos deseos. La gente ni se percató del cambio de año y siguió bailando como hipnotizada por la música. Decepcionados, salimos a caminar por las calles, donde, a pesar del desgarrador frío, se veía a familias y amigos en grupo, comiendo y terminando de ver un gran juego pirotécnico que culminó con la fiesta de la noche. El gusto nos duró poco porque a las 02:00 todos los restaurantes y puestos de comida se cerraron. Pocos minutos después nos quedamos íngrimos y congelados del frío en las pedregadas calles de centro de Zúrich. Aquella madrugada de año nuevo esperamos desde las 02:00 a las 05:30, con la barriga sonora (habíamos cenado a las 18:00 como era la tradición) hasta poder tomar el próximo tren que nos llevaría de regreso a una Lucerna donde no había ni rastros de fiestas ni celebraciones callejeras.

Después de varios años de búsqueda de buen ambiente y fiesta con amigos, sin amigos, con familia y sin familia (fuera del Ecuador), vinimos a instalarnos en la mismísima ciudad de las luces nocturnas. En Miami, las fiestas no faltan, ni las razones para celebrar tampoco, aquí hay oferta para todos los gustos y los presupuestos.

Ironías del destino, a 2006 decidimos despedirlo al más puro estilo suizo (suizo alemán), tranquilos, conversando en casa y cenando temprano. A pesar de que las invitaciones no faltaron (lo que nos alegró mucho), el cansancio se hizo notar; 2006 fue un año de cambios, integración, acostumbrarse y aprender.

La vida da vueltas. Hubiera sido mejor encontrarle pronto el gusto a lo que se tiene y no seguir persiguiendo con vehemencia lo que uno vivió. Nunca pensé que despedir al año viejo sin fiesta y bulla me pondría tan contenta como lo fui en este fin de año que además lo pasé acompañada de mis padres y comiendo unos ricos camarones al ajillo, traiditos del mismísimo Ecuador.

Me despido de ustedes hasta la próxima semana, sin dejar de agradecerles por leer la columna y por sus interesantes y motivadoras cartas. Deseo que todos ustedes tengan un venturoso año y que 2007 les traiga mucha salud y mucha paz.


María Fernanda Salvador de Bergen

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