
» La columna
Jueves, 14 de
diciembre de 2006
Vivir el
nuevo cambio
Después de un año de haber llegado a Miami desde Suiza donde viví quince años, siento
como las cadenas que antes apretaban mi ser, van aflojándose poco a poco.
Vivir en Miami resulta ser muy parecido a vivir en Ecuador. De hecho hay muchos que dicen
que Miami no es los Estados Unidos y que Miami es una parte de
Latinoamérica, solo que con reglas y leyes que se cumplen.
La verdad es que para mí, el vivir en la Florida es como reencontrarme con mis raíces.
Miami es una sociedad compleja pluri racial y pluri cultural en donde los latinos hacen
mayoría. Entre latinos los códigos positivos y negativos son los mismos que reinan en
nuestros países. Algunos de los más practicados son la espontaneidad y la impuntualidad.
A la impuntualidad tuve que alejarla abruptamente de mi vida si quería vivir a gusto en
Suiza y a la espontaneidad tuve que esconderla, pues eso si que allá no tenía espacio
alguno.
Los ejemplos diarios abundaban: recuerdo que en Suiza cuando invitaba a una cena a las
ocho de la noche (avisando con tres semanas de anticipación), los invitados esperaban
afuera a que su reloj de las ocho en punto, para tocar el timbre. Al mismo
tiempo era imprescindible tener todo listo y preparado para esa hora.
En Ecuador, por el contrario, si la invitación era a las ocho, a nadie se le ocurría
llegar antes para no sorprender a la anfitriona en los apuros de los preparativos.
En Miami, la puntualidad no es necesaria. El mañana reina y la espontaneidad
resulta ser un arte.
Llevo once meses esperando que arreglen el aire acondicionado, afuera de la casa 30 grados
centígrados, adentro un horno. Once meses de arreglos malos y mediocres, de reclamos, de
cambios de piezas, de llamadas al teléfono y de conocerme a todos los trabajadores de la
compañía. Once meses de inventarme qué hacer para aguantar semanas enteras sin aire
frío y con tres niños pequeños. Una cosa es no tener y no estar acostumbrado a ciertas
facilidades del mundo moderno, pero otra cosa es tenerlas, estar acostumbrado a los
servicios y no tenerlos más. Mis vecinos norteamericanos no hubieran esperado, ellos ya
hubieran volado a un hotel y lo hubieran hecho pagar a la aseguradora.
Esta forma de vida me cambia, me libera y me vuelve a hacer tomar las cosas más
tranquilamente, más relajadamente y con menos expectativa. No se si es mejor o peor, pero
para vivir aquí, eso ayuda. Mi único recelo, es que al momento de volver a Suiza, todo
el proceso de cambio y de adaptación comience de nuevo desde cero.
Hasta la próxima semana,
María Fernanda Salvador de Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
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