
» La columna
Jueves, 30 de
noviembre de 2006
Septiembre
III
Buscar doctores en un país desconocido es una verdadera aventura y más aun cuando se
trata de buscar a un buen ginecólogo.
En Lucerna, encontrar un ginecólogo que hablara español fue como buscar una aguja en un
pajar. A la larga, no me quedó más que conformarme con un ginecólogo que comprendía y
hablaba un poco de lo que yo denominaría español italianizado. Nuestros encuentros
(frecuentes por mis tres embarazos) estuvieron llenos de miles de explicaciones,
repeticiones, dibujos y preguntas. Cuando ya llegamos a entendernos y crear un nuevo
idioma, tuve que dejarlo porque vinimos a vivir en Miami.
Pensé que aquí encontrar a un ginecólogo que hable español sería cosa fácil. Los
primeros meses pregunté a toda latina que iba conociendo, confiando en sus
recomendaciones. Negado. Para mi sorpresa, todas ellas regresaban a sus respectivos
países para el control anual y las que no podían hacerlo se tenían que conformar con
obviar los exámenes.
Mi segundo intento fue preguntar a las norteamericanas conocidas. Otro caso fallido, ellas
también emprendían el viaje a sus estados natales. ¡Parecía cuento!
En mi tercer intento corrí con mejor suerte. En el hospital de Aventura me dieron un
teléfono.
-Llame a este número y aquí le ayudarán- me dijo la señora que atendía en
información, sacándose sus lentes de lectura para dejarlos pender del cordón dorado que
colgaba en su cuello.
Después de pasar por cinco grabadoras (aplaste el 1 para el español, el 2
..) y al
fin me contestaron.
En la línea, una norteamericana que hablaba un español perfecto, me preguntó por el
perfil del doctor que deseaba consultar (edad, lugar, especialización, experiencia) para
poder buscarlo en su base de datos. Horas más tarde, la misma señora me leía el
currículum de tres ginecólogos que encajaban perfectamente con lo sugerido.
No me quedó más que cantar el de tin, marín, de do, pingüé.
En la cita y antes de comenzar con el examen, el doctor me aclaró sobre la perenne
presencia de la asistente como medida preventiva ante denuncias o malos entendidos.
No me quedó otra que hacerme rápido a la idea de que cuatro ojos eran mejor que dos. Sin
embargo, a pesar de que aquel doctor sí hablaba español, y que su asistente era
colombiana, su trato calculador y frío me hizo sentir como un número más, un caso más
u otra fuente de ingreso.
Por coincidencias de la vida, se nos presenta un viaje a Suiza para toda la familia y para
evitar seguir buscando especialistas (dentistas, pediatras, cardiólogos) combinamos el
viaje con un chequeo completo de toda la familia. Ironías de la vida: muchas personas
vienen a los Estados Unidos para chequearse y encontrar curas para sus enfermedades;
nosotros preferimos regresar a lo conocido.
La confianza que llegamos a adquirir con el paso de los años en nuestros doctores jugó
un papel decisivo para escoger el seguir chequeándonos con ellos. Y si bien cierto que
nadie me puede asegurar que su diagnóstico es el válido, yo sí pienso que la parte
humana y la psíquica, ayudan a sentirse tranquilos y confiados.
Hasta la próxima semana,
María Fernanda Salvador de Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
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