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Jueves, 26 de octubre de 2006

Septiembre I

Septiembre fue un mes movido que no me permitió dedicarme a mi columna “Desde Aquí” con regularidad. La sorpresiva muerte de mi abuela le movió el piso a toda la familia. Aquel viernes llamé a mis padres, como suelo hacerlo todos los días después de dejar a los niños en la escuela. Papá no sabía cómo decírmelo y preferí adelantarme: “¿Se murió mi abuelita, verdad?”, pregunté. “Sí, ayer por la madrugada”, me respondió aliviado. Al llegar a casa, mi esposo se dio cuenta de que algo no andaba bien. “Mi abuelita se murió”, le dije llorando. El me miró, me abrazó y me dijo: “¿Quieres ir?, ¿cuándo es el entierro?”.

“En el Ecuador, velamos y enterramos a los muertos lo más pronto posible”, le dije. En Suiza, recuerdo que entre el velorio y el entierro de un pariente de mi marido esperamos diez días. Pocos minutos después tenía mi pasaje electrónico, vestía de negro y me dirigía a la escuela de mis hijos para despedirme de ellos y darles la noticia personalmente. Por un momento pensé en que sería lindo tener la tradición suiza -que antes tanto me incomodaba- de invitar a un almuerzo a todos aquellos que asistieron al funeral, para que el ambiente relajado ayude a apaciguar el dolor de la perdida. Mas, si algo he aprendido entre mis idas y venidas estos quince años entre Ecuador y Suiza es que: “A donde fueras has lo que vieras”. En el Ecuador al muerto se le llora por varias horas o días. El luto y el respeto se demuestran de una forma introvertida, callada y tranquila.

“¿El bisabuelo se va a quedar solo?”, preguntó mi hija. Los niños la conocían bien y la querían mucho. Lloramos abrazados en las afueras de la escuela. Rezamos juntos y logramos calmarnos. Los niños volvieron a clases y fueron atendidos por sus profesores, quienes nos mostraron abiertamente comprensión y cariño, lo que facilitó nuestra despedida. Mi vecina tomó a cargo a mi hijo más pequeño y ofreció recoger a los más grandes cuando salieran de la escuela. Sin pensarlo dos veces, Yvette, una de mis nuevas amigas, se ofreció a llevarme al aeropuerto y como la noticia corrió rápido en mi pequeño núcleo, la solidaridad de la amistad se hizo presente. Hace apenas ocho meses que estábamos viviendo en Miami y ya tenía la suerte de contar con gente tan maravillosa.

Mi abuelita fue una de las personas más importantes de mi vida. Sus palabras me guiaron y su ejemplo me motivó siempre. Ella me dio mucha paz y sobre todo me enseñó lo que era la humildad. Estaba muy feliz de poder regresar al Ecuador y despedirme de ella.

Tan solo cuatro horas más tarde aterricé en una hermosa e iluminada ciudad de Quito. Mis dos sobrinos y dos de mis primos, al verme, se me colgaron del cuello ¡Qué hermoso fue sentirlos nuevamente! “¿Dónde están tus hijos?” me preguntaron enseguida. Nunca había llegado al Ecuador sin ellos. “Esta vez se quedaron con su papi y espero que les vaya muy, muy bien”, les dije. Para mi marido era la primera vez que tenía que fajárselas con casa, niños, limpieza, comida y trabajo.

Al llegar al funeral, la emoción de ver nuevamente a mi familia reunida me llevó a tiempos pasados donde todos reíamos felices. Hacía mucho tiempo que no estábamos bajo un mismo techo todos (o casi todos pues mi hermana mayor y cinco de mis primos viven en el extranjero). Después de los saludos y las condolencias correspondientes, me dirigí hacia el féretro que contenía el cuerpo de mi linda abuelita. Allí estaba ella. Era verdad, su cuerpo ya se había apagado. En aquel momento sentí su mano tibia acariciar mi cabeza, tranquila, tierna y amorosa como siempre…

María Fernanda Salvador de Bergen

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