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Jueves, 7 de septiembre de 2006

Un camino diferente

Soy una mamá y ama de casa casi a tiempo completo (escribiendo estas palabras me sorprendo a mi misma, no pensé entregarme tanto a esta actividad). Cuando dejé a mis tres niños en su primer día de escuela mis ojos se humedecieron y el corazón se me estremeció. Al regresar a casa, sentí un enorme vacío. ¿Y ahora?

Si realmente hubiera tenido que preguntármelo, me preocuparía, pero tan solo segundos después de mirar mi computadora, mis labios se abrieron para dar paso a un grito eufórico: ¡Libertad! ¡Ahora sí tengo tiempo para dedicarme a lo mío! He podido conseguir una guardería que acepta a mi hijo de 3 años, tres veces por semana (más bien son ellos los que se sorprendieron por no haberlo inscrito toda la semana, algo impensable en Lucerna y en otras partes de Suiza, en donde allá el pequeño hubiera tenido que esperar un año más para poder asistir a un grupo de juego una vez por semana durante una hora). Podré dedicarme tres mañanas a mi pasión: el escribir.

Recuerdo que cuando vivía en Lucerna siempre luché por seguir mis convicciones y poder combinar trabajo y familia. Fue más difícil de lo que yo pensaba, pues -aparte de que las mismas madres se encargaban de desprestigiar la idea- los costos de guarderías privadas eran enormes y las listas de espera para las públicas eran largas. Estas y otras razones me llevaron a trabajar solo de manera parcial y a dedicarme principalmente a mis hijos y a mi hogar. Sabía que esta nueva fase de mi vida me costaría porque, además, la limpieza y la cocinada no eran lo mío.

Al llegar a los Estados Unidos me sorprendió el descubrir un mundo volcado (aun más que en el Ecuador) hacia el apoyo a las madres (de todas las clases sociales) que trabajan, poniendo a su disposición escuelas, centros de cuidado de niños, clubes, actividades organizadas, almuerzos preparados, cantinas…

Al conversar sobre todas estas oportunidades con Marisol (una amiga latinoamericana que vive en Lucerna y que sabe lo que es trabajar y criar varios hijos en Suiza), inmediatamente, con una voz desesperada y ansiosa exclamó: ¡Aprovéchalas!

Ocho meses han pasado desde aquella conversación telefónica. En ocho meses me he dado cuenta (también por medio de las escuelas de mis hijos) de la enorme competitividad que existe en esta sociedad (Europa es competitiva, pero me parece que la presión se la comienza a sentir más tarde, no desde la guardería ni la primaria) y eso me ha hecho cambiar mi sentir. Aquí, el encontrar niños de 2 y 3 años aprendiendo a diferenciar y memorizar letras y números no es raro. Me parece que la escuela primaria (mis hijos de segundo y cuarto de básica no pasan menos de dos horas haciendo sus tareas) ya es un cernidor de huecos angostos que selecciona a los mejores sobrevivientes para luego invertir en ellos, pues eso sí, para aquel que se esfuerza y obtiene resultados las puertas de las oportunidades permanecen abiertas.

Este descubrimiento ha sido determinante para mí. Ahora doy más valor a mi trabajo con los niños y en mi hogar. He aprendido a apreciar y ocuparme del detalle (como por ejemplo, la preparación de una buena colación: aquí es todavía cosa de marcianos una colación con zanahoria, pepinos, nueces, pan negro y quesos). Son los pequeños detalles los que me hicieron entender que mi rol es muy parecido al de un gerente de una empresa (pero desarrollado en un entorno de amor), mis hijos son el producto de la formación y ejemplo que mi marido y yo les ofrecemos a diario.

Carrera y familia siguen siendo difíciles de combinar, mas ahora, las diferentes experiencias en las sociedades que me ha tocado vivir han aportado a que encuentre mi balance personal. Una madre satisfecha y feliz vale por dos. Los hijos lo sienten, el hogar lo agradece. ¡Mamás, les invito a animarse a buscar su camino!

María Fernanda Salvador de Bergen

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