
» La columna
Jueves, 24 de agosto
de 2006
La
comunicación y las malas noticias
Saber afrontarlas es un verdadero arte. Mantener la calma, relativizar y seguir adelante a
pesar de lo que ha pasado sería lo óptimo, pero todavía me es difícil conseguirlo.
Hace dos semanas me enteré que mi hermana, la que vive en Francia por algunos años,
había tenido un accidente. Cuando escuché la mala noticia me petrifiqué y no pensé en
nada más que en verla, estar con ella y abrazarla. Sabía que no eran momentos fáciles
para mi cuñado y mis sobrinos, y el estar lejos y no poder hacer nada me ponía más
nerviosa.
La resignación es lo único que se tiene cuando no se puede estar presente para extender
una mano.
Recuerdo que pocos años atrás, cuando convalecía de un accidente en Suiza, extrañé
mucho la compañía y el apoyo constantes que me hubieran brindado familia y amigos en el
Ecuador, tanto en los hospitales, como en casa con aquellas largas visitas, o las
telefonadas cargadas de infinidad de preguntas y consejos y, por supuesto, el acercamiento
físico en forma de un abrazo, una tierna caricia o un apretón de manos que tanto
reconforta. A pesar de que esta forma tan familiar para mí se identifica más conmigo,
siento que con la lejanía y el pasar de los años me he ido acomodando a las diferencias
que hay entre europeos y latinoamericanos a la hora de comunicar sentimientos en tiempos
de enfermedades o accidentes. Muchas circunstancias me han vuelto más dura y menos
miedosa (me acuerdo que después de mi operación de rodillas, tuve que aprender a
pincharme todas las noches en las piernas un medicamento para evitar una trombosis; en el
Ecuador creo que jamás lo hubiera hecho sola, seguramente la Fybeca de la esquina me
hubiera solucionado el problema; o cuando me tocó cocinar y cambiar pañales con la punta
de los dedos porque tenía las dos manos vendadas; en Quito me sobraban las tías que
hubieran querido turnarse para auxiliarme).
Después de enterarme del accidente que sufrió mi hermana, no hice caso a la resignación
y la bombardeé de llamadas diarias: ¿Cómo estás, cómo dormiste, qué vas a hacer, a
qué doctor irás y si ya fuiste, qué fue lo que te dijo
? Creo que exageré y
subestimé los años que también ella había pasado por sus propias experiencias,
solucionando sus problemas sola. Tuve entonces que reflexionar en otros caminos para
transmitirle que le quiero y que todo lo que le pase es de mi interés, sin invadir su
espacio ni molestarla con mis detalladas preguntas.
Ahora, tres semanas después del accidente, pienso que encontré un camino. Supe abrir mi
corazón, me di tiempo para escuchar y acepté los límites naturales que la lejanía
impone. Lo más importante ahora es que continúa sabiendo que la quiero y que mi
preocupación no tiene otro fin que estar presente en estos momentos.
Hasta la próxima semana,
María Fernanda Salvador de Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
|