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Jueves, 17 de agosto de 2006

Sawgrass Mill, el maratón de las compras

Nunca más gastes tu dinero comprando en el Ecuador, le dije a mi hermana cuando conversábamos sobre la gran diferencia de precios entre la Florida y el Ecuador (para ponerlo simple: por $ 100 de compra aquí en Miami, ella obtiene cuatro veces más de lo que en el Ecuador podría comprar).
Ella lo sabía y había venido preparada; en el Ecuador se conoce que en Miami el placer de comprar es una realidad.
¡Cómo es que no lo conoces todavía! Exclamó ¡Tú que vives aquí tienes que conocerlo! El énfasis de sus palabras me hizo pensar en que se refería a una atracción turística tipo Tour Eifel, mas ella me hablaba de un centro comercial que con sus 400 almacenes de todo tipo resultaba ser el must go de la Florida. Ya muchos me lo habían recomendado, pero solo los ojos ansiosos de mi hermana lograron hacer que yo pierda el recelo y que por primera vez en estos seis meses, me atreva a manejar sola en la telaraña de concreto que hay que atravesar para llegar a Sawgrass Mill.
Al contrario de lo que pensé, la manejada no fue tan difícil y resultó corta. Al llegar, nuestro primer dilema fue la búsqueda de parqueo. Los Outlet atraían a cientos y hasta a miles de gente que, como nosotros, buscaban impacientes parquear el auto cerca de las grandes entradas divididas en secciones de casa, moda, maquinaria, electrodomésticos, computadoras, autos, entretenimiento, libros, restaurantes…
Cuando entramos al fin, una ráfaga de aire caliente que se abrió paso por el acondicionado aire chocó con mi rostro poniéndome en alerta. Era mejor coordinar los desplazamientos y poner puntos y horas de encuentro, el centro comercial era realmente gigantesco. Después de conseguir un mapa y ubicar las boutiques que queríamos visitar, seguimos las señalizaciones como turistas inquietas por la novedad.
El corazón de mi hermana parecía salírsele del pecho, las gangas la hacían pensar en todo lo que ella ahorraría comprando, era la primera vez que sus dólares alcanzarían para tantas cosas necesarias e importantes para ella. El centro comercial estaba lleno, en su mayoría de latinoamericanos, que indignados con la carestía de las cosas en nuestros países, habían venido exclusivamente a gastar su dinero y llenar maletas enteras con mercancía, que a pesar de ser en su mayoría hecha en Asia era tan buena y más barata que aquella importada de Europa.
A pesar de los largos, altos y anchos corredores, yo (posiblemente la única acompañante no consumidora) me sentía como una sardina enlatada. Cientos de personas se me cruzaban apresurados por aprovechar el día y pescar nuevas gangas. Sus ojos abiertos y atentos demostraban concentración y lucha interna por vencer el cansancio y seguir caminando, olvidándose de callos y dolores de espalda. Nadie tenía tiempo para telefonadas innecesarias, los teléfonos celulares brillaban por su ausencia y si alguien los usaba, era para preguntar por la talla del tío, primo, amigo, para discutir sobre precios y colores o para volverse a encontrar con los suyos. ¿El olor? No era el de un mercado de comidas, ni el de un mercado de pulgas francés en verano, era más bien un olor enfrascado a caucho caliente, que con el va y ven de los compradores se esfumaba para dar paso a que los diversos perfumes de la gente se confundan entre sí, creando una esencia penetrante que me hacía pensar en el intenso olor a cloro de la piscina en la que yo nadaba en mi infancia.
Después de siete horas de recorridos y compras, mi hermana por fin se dio por vencida y decidimos regresar. Nuestros pies pedían clemencia, las ampollas se nos habían abierto y ahora sangrábamos pagando el alto precio que el consumo cobra.
Días más tarde mi hermana regresó al Ecuador feliz de haber pasado con nosotros y con la satisfacción de haber visto rendir a sus ahorros. Ella y muchos otros ecuatorianos sabemos que: o el mercado ecuatoriano se vuelve más competitivo o seguiremos invirtiendo en otro lado y las divisas seguirán saliendo del país.

Hasta la próxima semana,

María Fernanda Salvador de Bergen

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