
» La columna
Jueves, 27 de julio
de 2006
¿Después
de la diáspora?*
Si de nuestra imaginación dependiera, escogeríamos un no como respuesta;
mas, para muchos emigrantes, la realidad nos lleva a darnos cuenta del riesgo que es
estancarse en ese oscuro lugar que no es ni de aquí ni de allá, que tuvo un principio y
parecería no tener fin. La triste despedida quedó en el pasado, el extrañar lo nuestro
viene a convertirse en un presente incierto que golpea el alma. Vivir de los recuerdos no
renueva pensamientos; al contrario, los estanca. El primer paso se dio: salimos del país.
¿La razón? No importa, es igual cuando se trata de sobrevivir en el nuevo destino.
Vivimos en países lejanos y diferentes al nuestro. Algunas veces la cultura, el clima o
el idioma hacen que nos convirtamos en anzuelo fácil de la soledad y la depresión ¿Qué
emigrante no se ha sentido desesperado, sin fuerzas y con unas ganas locas de volver a
encontrar lo que dejamos? Si hemos tenido la suerte de haber regresado para calmar las
penas, nos damos cuenta de que el regreso es solo algo placebo, pues pocos
meses después, el descontento y la tristeza vuelven a rondar por donde estemos. Sentirse
feliz en el lugar donde nos toca vivir es el reto de muchos; sin embargo, pasa que, en el
día a día, nos parece difícil conseguirlo. Vivir en el limbo no nos deja pensar claro,
ni identificarnos con lo que somos.
Mis primeros años en el extranjero fueron frustrantes en lo que a integración se
refiere. Confundí integración con flexibilidad sin límites. Creí erróneamente que,
para ser aceptada en Suiza, debía aceptar incuestionablemente sus reglas y estructuras
rígidas, a tal punto que llegué a olvidar lo mío, lo que hace parte de mi persona. ¿De
quién o de qué dependía el integrarme? ¿De aprender el idioma, nuevas costumbres? ¿A
qué precio? Por otro lado, la reacción de los suizos que me rodeaban me hizo pensar que
al confrontarlos con la espontaneidad, la alegría, la flexibilidad y el tratar de no
complicarse la vida, se sentían como estar al lado de un volcán en explosión que
arruinaba su estabilidad.
Con el pasar de los años, me di cuenta de que, para lograr integrarme, no solo que debía
interesarme por conocer la historia del país y participar de su vida política y social,
sino que debía enseñar al suizo a apreciar lo mío, lo que nos hace diferentes.
Una gran porción de tolerancia me ayudó en todo el proceso. Fueron diez años de olfateo
y lucha, mas lo logré; ya comprendo el porqué de la inflexibilidad de aquellas reglas y
estructuras, y lo primordial: ahora sé que puedo visitar espontáneamente a un amigo o a
una amiga suizos, sin que me rechacen por no haber sido previamente avisados
Hasta la próxima semana,
María Fernanda Salvador de Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
* Artículo
publicado en Diario HOY, página 5A, columna El invitado de HOY , el 23 de
julio de 2006.
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