
» La columna
Jueves, 13 de julio
de 2006
El ketchup
Antes no era amante de cebollas, perejiles, culantros, ajos ni verduras, a pesar de que en
mi niñez, papá y mamá siempre se preocuparon de ofrecernos una mesa variada y sana. Me
acuerdo que a duras penas, y, con el mismo desdeño que Mafalda tenía cuando
se enfrentaba a las sopas, yo comía mis ensaladas y caldos. Me volví profesional
separando dejos de refritos, culantros y perejiles flotantes, aún cuando era casi misión
imposible ya que la comida ecuatoriana se basa en estos ingredientes.
En Francia, lejos de mi familia, siento por primera vez el insólito dolor que el
estómago experimenta al recordar los sabores caseros y autóctonos. Con mi sueldo de
practicante de Pedagogía, la posibilidad de compra de ingredientes ecuatorianos era
prácticamente nula y como el envío de comida era casi imposible, me distraje engañando
al estómago con la utilización de sabores apaleadores como la salsa de tomate ketchup,
que en ese entonces se convirtió en mi salsa favorita; con ella, la comida se resbalaba
en mi paladar pintándolo de colores y acariciándolo familiarmente con contextura blanda.
Dos años más tarde, en Suiza, el encanto de mi salsa predilecta perdió su charme, los
quesos y las salsas la volvieron incompatible y es cuando comenzó mi víacrucis.
Los sabores nuevos de la cocina helvética de la parte alemana (abundante en mantequillas,
quesos y crema) hicieron la labor de conquistadores sin alma con cada una de mis papilas
gustativas. Cuando tenía la gran suerte (lamentablemente solo esporádicamente) de poder
pedir algún producto ecuatoriano, recibía tamales, habas, mote, canguil, dulce de leche,
aguacates, limones, color (para los refritos), harina para el pan de yuca, manjar de
leche, colaciones (dulce típico quiteño), manichos (chocolate marca Nestlé, pero
versión Ecuador), guayabas, chifles (plátano verde cortado en rodajas delgadas y frito),
lo que por supuesto cuidaba especialmente y los hacía durar como papas en tiempo de
guerra.
Como todo pasa, el tiempo de familiarización con la comida de la suizo-alemana, se fue
dando y especialmente gracias a mi suegra, aprendí a apreciarla y cocinarla. Mi paladar
se modificó y llegó a agraciarse tanto con la nueva comida, que sin querer
queriendo, hizo de puerta de entrada de diferentes sabores que redimensionaron mi
cuerpo.
Después de tener a mis tres hijos, la guerra contra los kilos comenzó y, con la ayuda de
una nutricionista aprendí (nuevamente) sobre las bondades de las legumbres, verduras,
hierbas y aceites vegetales y me volví a enfrentar a cebollas, ajos y culantros, pero
ahora con diferente perspectiva. En un año de lucha contra marea disminuí curvas e
incursioné en una buena mezcla entre las dos cocinas, la ecuatoriana y la suizo-alemana.
Ahora en los Estados Unidos me tocó forzosamente volver a experimentar sabores y
combinaciones que me catapultan otra vez a la rémora de la nostalgia. Cuando mi esposo
regresa a Suiza por su trabajo, no perdemos la oportunidad de darle la lista de compras.
Sus maletas regresan rebosando de quesos maduros de todo tipo (Emmentaler, Appenzeller,
Tilsiter, quesos para fondue y racklette), aliños y cubos Maggi, chocolate en polvo,
pralines y barras, dulces (gomines de osito, caramelos de mantequilla y miel o dulce de
leche), mueslis de todo tipo y siropes de fruta.
Me pregunto ¿qué es lo que extrañaré de la comida de los EEUU? ¿El ketchup? Espero
que no, seguramente esta cocina tiene también sus encantos y sus virtudes, conocerla y
apreciarla vuelve a ser solo cuestión de tiempo y paciencia.
Ánimo para los que pasen por lo mismo y hasta la próxima semana,
María Fernanda Salvador de Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
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