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Jueves, 29 de junio de 2006

Ecuador contra Inglaterra y el seco de chivo

Previniendo que para el partido Ecuador contra Inglaterra tendría la cabeza en otro lugar, aproveché por primera vez de la asombrosa paleta de comida nacional e internacional ya preparada y congelada que venden en los supermercados. Analizando la variedad de la oferta me pregunté ¿por qué uno se complica la vida cocinando, si, como lo explican en los paquetes, solo hace falta un microondas? En ese mismo instante, un señor de casi doscientos kilos me empujó groseramente para coger una de las cajas de comida (empanadas de salchichas con tocino, acompañadas de puré de papas con queso) y al ver su coche, lleno de comida precocida, colas, pastas y golosinas, descubrí la respuesta; sin embargo, la gana de ver el partido tranquila fue mayor y no claudiqué a volver a mis oficios de ama de casa. Dejé que el marketing me convenza y al ver una gota regordeta de salsa boloñesa, que intentaba chorrearse de una suculenta lasaña recubierta de queso derretido y atravesado por una etiqueta que decía “sin aditivos ni conservantes”, me abastecí de esta y de otras especialidades para el desayuno, el almuerzo y la merienda del domingo 25 de junio.

Devorados por la fiebre mundialista, ese domingo nos sentamos a desayunar una tortilla de huevos cuyas yemas venían ya revueltas y envasadas en un cartón especial. ¡Tres minutos en el microondas bastaron para obtener la consistencia deseada! Lastimosamente mi buena idea fue mal acogida, todo el tiempo que ahorré en su preparación lo invertí en los cuentos que tuve que inventarme para convencer a los niños que comieran la tortilla.

Más tarde, ya en el medio tiempo del partido Ecuador-Inglaterra, con la esperanza de que aún Ecuador podía vencer, me puse ágilmente a desempacar la lasaña para dejarla horneando. Nerviosa por escuchar a los comentaristas televisivos, confundí las instrucciones haciendo que todo lo que suponía ser simple y rápido, se convirtiera en algo complicado y engorroso. Veinte minutos más tarde, serví a mi gente un platillo tan amargo como lo que pasaba en el partido, la lasaña estaba seca y recubierta de un queso tieso y quemado. Ni yo pude comerla.

Después de que Ecuador, a pesar de haber jugado muy bien, no pasara a la siguiente ronda, nos prestamos a probar las yucas fritas (también preparadas en el micro) que por su puesto, ni comparación tenían con las yucas frescas y recién freídas. Su sabor terminó por desilusionarnos y hacer que nos despidiéramos definitivamente de la comida congelada.

Pienso que el cocinar un buen seco de chivo hubiera sido la mejor terapia para ahogar mi desconsuelo, pues, aunque tristes, hubiéramos estado reunidos alrededor del calor que brinda el comer una buena comida casera.

¡Felicitaciones a la “Tri” por su formidable participación mundialista y que vivan las recetas de la abuela!

Hasta la próxima semana,

María Fernanda Salvador de Bergen

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