PUNTO DE ENCUENTRO DEL EMIGRANTE
puntodeencuentro@hoy.com.ec

DESDE AQUI


» La columna

 

Jueves, 15 de junio de 2006

La televisión

¡Tres a cero! ¡Qué maravilla! ¡Qué emoción! Fue espectacular haber visto jugar a nuestro equipo nacional en pantalla gigante, o bueno, mejor dicho en grande (media pared) gracias al proyector, instalado por mi marido justamente cuando el Mundial comenzó. Los mundiales me han ayudado a que la trayectoria de la televisión en mi casa tome rumbos interesantes.

Algunos suizos (as) son enemigos a muerte del entretenimiento televisivo. Yo me considero defensora de su uso, siempre y cuando este sea controlado. La televisión me ha ayudado a aprender idiomas, a entender mejor culturas, a descubrir prioridades y a matar la soledad.

Donde yo me crié, el tener o no una televisión respondía más a factores económicos. El televisor hacía parte importante de los aparatos electrónicos de un hogar y cuando lo económico no impedía, las discusiones se limitaban a su tamaño y su modelo. Mis padres siempre tuvieron una y me acuerdo su lucha por controlar nuestras horas de tele. Bien o mal, esto me hizo crecer con un balance que me permitió utilizarla sin irme a extremos. Uno de mis regalos preferidos del reinado de Quito, de hecho, fue una linda televisión que, dado su valor sentimental, me hubiera encantado llevármela a Suiza después de mi matrimonio, pero que por su volumen (lo mismo pasó con el carro, la cocina, la cama y la peinadora que me gané) se tuvo que quedar adornando el nuevo cuarto de invitados de la casa de mis padres.

Al llegar a Lucerna y montar mi hogar, me confronté con otras formas de pensar, un tanto extremas para mí (entre ellas la ecologista que en los noventa estaba muy arraigada en la juventud suiza) que vencieron mis argumentos pro televisión y pro automóvil.

Los primeros años de matrimonio fueron entonces años de búsqueda, años de definición de táctica para replantear viejos argumentos: los míos, que por principio no iban en contra de las actividades al aire libre y del respeto a la naturaleza, pero sí en contra de estándares de intelectualidad y prioridades (por aquellos tiempos el no tener televisión y no tener automóvil hacían parte de una generación que buscaba ser diferente e interesada en aportar a la ecología y a la vida perfecta). Recuerdo que las discusiones eran largas y tediosas, no solo con mi marido sino con casi todos los amigos, quienes convencidos en poner su grano de arena para el cambio no cedían ni un centímetro. Los años pasaron y yo seguía sin televisión ni automóvil. El Mundial de fútbol del 94 llegaba y mi desesperación por no tener dónde verlo crecía.

De uno de mis cuñados aprendí a seguir una táctica casi infalible con los suizos: la táctica salami (cortar el salami finito, pero llegar a cortarlo todo). Como todo, esta táctica también tiene sus desventajas; es muy lenta y requiere de mucha paciencia (cosa que a mí me falta) pero que hasta ahora, a lo largo de los años, me ha traído buenos resultados.

El Mundial de fútbol en los EEUU se acercaba y pinté de colores lo romántico que sería verlo en casa, juntos, con cervecita y canguil (por la falta de empanadas de morocho).

Al fin, aquel Mundial lo vimos en la casa, con una minitelevisión que nos acompañaría cinco años más, hasta que mi táctica salami nos llevara a comprar la supermoderna y hermosa televisión de mis sueños que nos ha acompañado… por lapsos. Pongo “por lapsos”, pues a veces la cosa se ha puesto dura, mi marido recuerda sus principios y trata de retomarlos, lo que nos ha llevado a tapar la televisión y a ponerla en la bodega por varios meses. Lo bueno es que ahora cuento con el voto de los niños quienes por supuesto, quieren la tele y han aprendido a gozarla sin extremos (claro, también gracias a la manera suiza de mucha actividad fuera de casa, tengo que aceptarlo.)

La trayectoria de la televisión en mi casa no termina allí. Al venir a los Estados Unidos por razones de trabajo, la compañía nos propone dejar todas nuestras pertenencias en Suiza e instalarnos en Miami comprando a nombre de esta, todo lo que necesitemos. Después de una comunión de tantos años de casados, ya no fue discusión el comprar o no una televisión y como teníamos tantas cosas que organizar, me descuidé y dejé ir a los hombres de la casa solos a ocuparse del asunto.

Cuando volvieron y la instalaron en la sala de estar, casi me da un patatús. ¡Habían comprado la técnica más moderna con el porte más pequeño! “¡No puede ser, pero hasta cuando durará esto, me dije!” En el barrio (en su mayoría lleno de norteamericanos), somos los bichos raros, no solo porque cocinamos en la casa, sino porque tenemos la televisión más pequeña de la Florida. Ellos, en cambio, no pueden comprender cómo se puede vivir sin tele, o peor aún, aguantárselas con una pequeña.

Toda la familia sigue el Mundial de fútbol en Alemania 06 y especialmente mi esposo, quien goza al ver los partidos reflejados en toda la mitad de una pared. Espero que después de esta experiencia consiga al fin acabar el salami.

¡Viva la "Tri" y viva el Ecuador!

María Fernanda Salvador de Bergen

desdeaqui@hoy.com.ec