PUNTO DE ENCUENTRO DEL EMIGRANTE
puntodeencuentro@hoy.com.ec

DESDE AQUI


» La columna

 

Miércoles, 7 de junio de 2006

Disney

Planeamos salir tres horas antes, pero el mismo día de la partida preferimos tomarlo con calma y dejar la casa arreglada, las cuentas del mes pagadas, la ropa lavada, la basura y la correspondencia organizada y asistir a la fiestita de Laura, una compañerita de mi hija. El cumpleaños hizo de marco perfecto para el comienzo de nuestras vacaciones, pues cuando llegamos, fuimos recibidos y atendidos con mucho cariño y emoción. Los niños gozaron y nosotros nos ocupamos compartiendo buenos momentos con un núcleo de conocidos que cada día toma más forma y me hace sentir menos extranjera (¡Cuanto tardé en sentir lo mismo en Suiza!)

Una hora más tarde, manejábamos deleitándonos con los caramelitos de las sorpresas que los niños recibieron en el cumpleaños y mirando el hermoso paisaje verde y tupido de los bosques y las planicies del norte de la Florida.

Viajábamos equipados con nueve maletas; a pesar de que traté de empacar lo menos posible por el calor y en el tipo de excursión que haríamos, no conté con la emoción de mis hijos que les hizo preparar sus propias maletas con todo tipo de juguetes, libros, cobijas, almohadas, vasos, linternas, destornilladores, juegos de ajedrez, barajas, damas… en fin todo lo que ellos pensaron que podrían necesitar.

Disney parecía recibirnos con los brazos abiertos. El calorcito tropical, el cielo azul y los frondosos y verdes paisajes eran como presagios positivos de emociones intensas. Por la Internet habíamos hecho nuestras reservaciones en un hotel de Disney (en el parque del Reino Animal). El hotel era espléndido. Nos parecía estar en África. Todos los detalles estaban estudiados, uno podía comer y mirar la televisión rodeado de jirafas o bañarse en la piscina bajo la mirada de hermosos flamingos. Mis hijos y yo no podíamos tranquilizar nuestros corazones, que de la emoción empezaban a salirse de nuestros pechos.

A la mañana siguiente, acordándonos de los consejos de quienes ya habían estado en los parques de Disney, salimos muy temprano para evitar filas y calores de mediodía.

El primer parque que visitamos fue el del Reino Mágico ¡Fantástico! Pude encontrarme con todos los personajes de las películas de mi infancia; quizá por eso, al ver la coronación de la Cenicienta, yo lloré sin poder controlar mis lágrimas. Otra que estaba como hipnotizada era mi pequeña hija que ni pestañeaba para no perderse ningún detalle del baile de las princesas Ariel, la Cenicienta, Blancanieves, la Bella Durmiente, Bella y la Sirenita. Los vestuarios eran perfectos y los príncipes no podían ser más apuestos. Todo detalle estaba controlado a la perfección.

Las fotos con Pluto, el ratón Mickey, Mini, Antz, las presentaciones, los juegos, los desfiles, los almacenes… ¡Mis hijos y yo nos sentíamos como si estuviéramos visitando la octava maravilla del mundo!

“Creo que prefiero estar un día en los Alpes Suizos a estar en Disney”- comentó mi marido.

¿Qué podía yo decirle? Entender la manera de pensar de los suizos me costó no menos de diez años. Traté de comprenderlo, pero ¡No se pueden comparar bicicletas con arepas! Además ¿Por qué hay que ponerse a hacer comparaciones? Nadie discute que visitar los Alpes es maravilloso, pero Disney es Disney. En el parque del Reino de los Animales, por ejemplo, cambiamos de un continente a otro pasando por ambientaciones impresionantes, las variedades de juegos parecían nunca terminar y la aventura estaba siempre acompañada por la invitación a realizar un sueño escondido en el pasado respetando el medio ambiente y sus animales. Claro que si a eso se le elimina las esperadas de más de 45 minutos, el calor acosador, la comida, los ríos de gente, lo caro, lo poco que duran los juegos, lo mucho que hay que caminar, Disney sería aún mejor. A medida que íbamos descubriendo los juegos futuristas y los espectáculos tridimensionales, la aventura y la diversión pudieron vencer a la melancolía del montañés y convencerlo a que se relaje y saque provecho de la diversión a la americana.

A lo largo de la semana pasamos de experiencia en experiencia: la mejor fue cuando mi hijo pequeño decidió dejar el pañal, justamente el primer día de llegados y en pleno parque, donde mami tenía la facilidad de entrar a baños públicos a cada momento, andaba con varios cambios de ropa y tenía la concentración de pensar en “ir a hacer pipí”.

La peor experiencia: cuando mi hija se cayó en la tina de baño del hotel a las 09:30 de la noche y se lastimó profundamente. El idioma nos quedó corto para explicaciones en inglés (con los nervios a flor de piel, el tipo de herida y el lugar de la caída no fueron tan fáciles de explicar; en Orlando sí se habla solamente inglés), así que se me ocurrió llamar a Miami, para que nos puedan comunicar con una enfermera que hable español, lo que me tranquilizó mucho y me hizo sentir como si Miami ya fuera mi hogar.

El último día nos fuimos a visitar a una prima segunda, a quien no había visto en más de 15 años. El reencuentro fue muy lindo, parecía que el tiempo se había congelado. Fue como haber estado en un pequeño Disney, donde nuestras historias eran las montañas rusas que nos llevaba por rutas del pasado, haciéndonos soñar y recordar anécdotas fantásticas que nos llenaron de alegría. En junio se casa otra prima segunda y viene a instalarse con su familia en Florida también. Hemos sido invitados a su matrimonio e iremos con mucho gusto. Un día serán mis hijos los que descubran la importancia de tener buenas relaciones familiares, mientras tanto, no perderé la oportunidad de enseñarles a cultivarlas. La familia es mi denominador común que me da fuerzas y mata la soledad.

¡Buenas vacaciones a todos!

María Fernanda Salvador de Bergen

desdeaqui@hoy.com.ec