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Miércoles, 18 de mayo de 2006

La estadía

“En este país no tengo abuelos, tíos, ni primos y eso me hace estar muy triste” Fueron las últimas palabras que mi hijo de siete años dijo antes de cerrar los ojos y dormirse. Aquella tarde habíamos despedido a los abuelitos del Ecuador, que tomaron el vuelo de regreso a Quito en el aeropuerto internacional de Miami. Acariciándole la cabeza traté de consolarlo diciéndole que trate de ver el lado bueno del asunto y que piense en los lindos momentos que habíamos podido compartir con ellos, mas creo que el eco de mis palabras no llegó a su corazón pues mi tristeza era tan grande como la suya.

La verdad es que pasamos dos semanas llenas de aventura y amor. Los niños pudieron redescubrir a sus abuelos quienes los llenaron de “la manera latina de querer y compartir” es decir, con cantos, bailes, risas, música, caricias, besos, recitaciones y mucha, mucha dedicación y paciencia.

Cada vez que he tenido la suerte de volver a ver a mis papás, he sentido que recupero un poco esos detalles importantes que forman parte de mi personalidad, pero que con el tiempo y la forma de vida, se han ido ocultando, disminuyendo o casi extinguiendo. Ellos refrescan mi memoria trayendo olores, sabores, movimientos, definiciones y recuerdos que hacen que todo comience a vibrar dentro de mí. El volverse a encontrar implica el volver a conocerse, a comprenderse y a aceptarse. Por eso, no es raro que nuestras opiniones no siempre coincidan y debe ser por eso que el reto de aprender a vivir con más tolerancia no nos quiera abandonar.

Uno de los momentos más interesantes de su visita es cuando viene el momento de trasmitir las anécdotas de familia, la tradición, la cultura, las vivencias a los nietos. Los niños lo disfrutan inmensamente. Escuchando a sus abuelitos, sus ojitos se abren y sus expresiones faciales se vuelven divertidas; sus carcajadas frescas llenan el ambiente, motivando incluso a los adultos a escuchar una y otra vez las historias conocidas.

Orgullosos y felices, esta vez, los nietos tuvieron la oportunidad de explayarse mostrando a sus abuelitos ecuatorianos nuestro nuevo hogar, sus camas, sus juguetes, sus nuevos amigos, sus profesoras, sus tareas y su nuevo idioma. Me dio la impresión de que apenas después de cuatro meses de llegados, ellos ya se sienten integrados y parte importante de la sociedad donde viven. ¿Cómo lo hicieron? No sé. Pero me gustaría tener la fórmula.

Lo que si comprobé en estas dos semanas de convivencia con los abuelos es que mis hijos recuperaron su confianza (desgastada por el estudio del idioma), descansaron y volvieron a sentirse seguros y más felices. Los pude ver experimentando de traductores simultáneos, de guías bilingües, de profesores de idioma, de consejeros, de trasmisores de nuevos modales, de explicadores de diferencias, de exploradores; en fin, de todo lo que se necesitaba ser, para ayudar a los abuelos a entender su nueva sociedad y su nueva vida.

La venida de los abuelos llenó un vacío en la vida de mi pequeña familia. El día de su llegada mis hijos instintivamente se lanzaron a sus cuellos abrazándolos y tumbándolos sobre sus maletas. El día de su partida, los nietos lloraban colgados del cuello de los abuelos manchándoles sus camisetas con sus lágrimas y mocos.

Tenemos una linda biblioteca infantil, con sillas y juegos didácticos -legado de los abuelos- con dibujos, libros interesantes, fotografías y mensajes que sin duda colaborará no solo a motivarlos por la lectura, sino a que la familia tenga siempre presente a los abuelitos del Ecuador, a pesar de que estén lejos y no podamos verlos tan seguido.

Uno de los mensajes que adornan la pared de nuestra pequeña biblioteca es el de Juan Montalvo, escritor ecuatoriano: “Los niños son como las estrellas, inocentes puros y brillantes”. A todos los niños que estén lejos de sus abuelitos, ánimo y el deseo que los vuelvan a ver pronto o que los tengan muy presentes en sus corazones.

Hasta la próxima semana,

María Fernanda Salvador de Bergen

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