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Miércoles, 4 de mayo de 2006

Así lo viví

En mi barrio, como en los otros barrios de Miami, el porcentaje de trabajadores ilegales latinoamericanos es muy alto. Niñeras, empleadas domésticas, obreros, albañiles o meseros son a los que normalmente los veo a todas horas del día, paseando niños, trayendo compras, limpiando ventanas, calles, cargando basura, ladrillos, en fin, trabajando como hormigas. La semana pasada no fue así. Las calles del barrio estaban casi vacías, los parques y los lugares de entretenimiento para niños se privaron de la presencia de los pequeños y sus nanas de habla hispana. El miedo rondaba y había que protegerse.

Camionetas sospechosas recorrían los alrededores, de ellas se bajaban policías y entraban a los condominios, casas y parques a preguntar si la gente que estaba trabajando tenía documentos, si no los tenían los llevaban para deportarlos. “Yo no vengo a trabajar mañana”, era el credo general. No fue raro ver a vecinas sacando sus costosos autos para hacerlas de chofer de sus empleadas, para evitar que la Policía se cruce con ellas y las deportara. Algunos temblaban con la idea de quedarse maniatados con los niños en una casa por limpiar. ¿Una vida sin el trabajo de los ilegales? La sociedad ha permitido acostumbrarse a una mano de obra responsable, con ñeque y además barata. Lo curioso es que, a pesar de ese sentimiento de dependencia y amor, no pude ver a ningún vecino desfilando por la causa de sus protegidos.

El primero de mayo se realizó la ya anunciada y bien organizada marcha “proregularización” que se llevó a cabo en diferentes lugares de los Estados Unidos. Yo la seguí por televisión acompañada de mis hijos, sus amigas y sus madres, también latinoamericanas. Todos, nerviosamente instalados frente al televisor, nos dejamos envolver por la magnitud de la marcha y por el espíritu pacífico y de respeto que los manifestantes lograron expresar. Mis hijos me miraban. Ellos necesitaban una explicación, la mayoría de sus compañeros había faltado a clases, dejando las aulas semivacías. “Mamá, nosotros también hubiéramos querido faltar a clases”, me dijeron.

Ahora, un día después de la marcha, encontré a las nanas, las domésticas y los jardineros del barrio. Sus miradas eran diferentes, parecía que la satisfacción de haber luchado juntos por algo les ponía felices. Era como si un aura reforzada acompañara sus movimientos. Les sentí esperanzados e ilusionados por un cambio y talvez, también, por haber sentido que había una gran familia que compartía sus problemas, sus visiones y esperanzas; sus sentimientos de nostalgia y soledad habían quedado de lado por un momento.

Espero fervientemente que los votantes se hayan podido contagiar con la desesperación de la gente indocumentada, con sus miedos y con sus inquietudes para que su voto apoye a que el objetivo de muchos (cumplir con su sueño americano) se cumpla.

Hasta la próxima semana,

María Fernanda Salvador de Bergen

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