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Miércoles, 26 de abril de 2006

Las tonalidades de la Pascua

Tenía toda la intención de escribir sobre la celebración de la Pascua en Miami, sobre los huevos de pascua de plástico, los saltarines, la música y el ambiente de fiesta para las masas turísticas que acuden a conocer Miami en Pascuas; pero este fin de semana me he llevado un susto que me ha desviado del tema.

Buscando un lugar lindo para que nuestro primer playazo vaya a quedar inmortalizado en la cabeza de mis montañeses (porque todos mis suizos prefieren la montaña y la piscina a una buena e incomparable echada de panza en la arena caliente), me esmeré preparando una rica comida para llevar y todo lo necesario para pasar al fin, después de tres meses de llegados, unas horas de relax en la playa de Miami.

Como todavía no somos duchos en el asunto, nos parqueamos en el primer parqueadero público que encontramos por miedo a no encontrar nada, pues el día estaba hermoso y la playa parecía estar llena de gente. Caminado en dirección playa, comencé a recordarles a mis hijos lo bien que uno puede pasar en el mar, bajo el sol y las palmeras. Acabando de atravesar un último sendero, esta vez de arbustos y arena, nos encontramos manos a boca con una playa de nudistas. ¿!!?

Un trasero gigante se alejaba de mis ojos, mientras yo no sabía qué decir, qué hacer ni a dónde ir. Mi marido tomó la batuta y nos dirigió hacia una pequeña cerca de madera, a cien pasos de allí, que definía la frontera con la playa de los que preferían bañarse y asolearse con un pedazo de tela.

Los niños y su papá caminaban adelante mío, como si nada pasara, tranquilos, preocupados de no quemarse los pies en la arena caliente, mientras que yo ya ni sentía mis pies. Intentaba remedarlos, hacerme la distraída, pero solo lograba ponerme más nerviosa. La verdad es que no sabía si mirar o no mirar, quería no fijar la vista y los ojos no me obedecían. No me imaginé poder estar en una playa nudista sin haberme antes preparado. Crecí con el interés de verla algún día, me interesaba saber quiénes eran los que podían pasearse desnudos, sin complejos ni vergüenzas. No conté que pasar al lado de un centenar de encuerados me turbaría tanto.

Había de todo: grandes, pequeños, medianos, anchos, delgados, (¡Las personas, por su puesto!). Sin embargo no voy a negar que si uno quería hasta podía ponerse a hacer comparaciones: cuerpo delgado, manos largas, cuerpo fuerte, manos pequeñas y así…
Había madres, niños, jóvenes y viejos. Unos se asoleaban abriendo todo lo que podían, otros jugaban fútbol haciendo temblar sus carnes, otros conversaban alegres poniendo expresión a sus cuerpos desnudos, otros caminaban relajados, otros comían, otros dormían, mas no se preocupaba de su pinta ni de sus curvas, al menos de las de cada uno.

¡Miren ese rabazo!
¡Niños, hablen en alemán y por favor no hagan comentarios todavía; pronto saldremos de aquí!
Cien pasos de incomodidad y nerviosismo. ¿Estético? No para mí ¿Provocador? Tampoco. Sin embargo era bien probable que las decenas de homosexuales que estaban allí no pensaran como yo.

En todo caso me alegré por llegar al otro extremo de la cerca, donde encontré a gordos, delgados, altos y flacos, pero todos vestidos y mostrando un poco de más pudor para asolearse.

No logro combinar los conocidos “puritanismo y conservadorismo” americano con lo que vi este fin de semana; sin embargo, me contento que aquí, en esta democracia la gente tenga libertad de pensamiento y acción. Las playas están siempre vigiladas y eso da también seguridad, no solo para los que se ahogan.

Hasta la próxima semana,

María Fernanda Salvador de Bergen

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