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Zamarros de felpa

Publicado el 04/Julio/2009 | 00:06

Por Margarita Laso


mlaso@hoy.com.ec

Cuántos años tiene este barrio popular que todavía no le han crecido las veredas. Parecen de leche: aquí más largas, aquí cortitas, separadas por largas distancias. Steven, de 5 años, las transita. Transversales y paralelas parecen vías principales. A sus aguas, salen los negocios, los pedazos de casas, la capilla de un prioste, las carpinterías, picanterías, peluquerías; la ropa tendida; la venta de cemento. Más allá, la tierra apisonada, la maleza de algún terreno. Es la misma ciudad y no parece responder a ninguna ordenanza que concierte el andar, que dé seguridad, que funcione.
Por aquí, va una multitud. Hay congestión de niños, operarios, trabajadoras, jóvenes, abuelas, maestros, mascotas callejeras, en fin. Por aquí, iba Steven con su bicicleta cuando fue atropellado.

Dueño de los ojos más grandes de Sudamérica y de un perrito al que también llamó Turrón.

Por ahí, iba de la casa al jardín, del puesto de la abuela al centro de salud, de la tienda al estadio, del potrero a la farmacia. De su fantasía a su horizonte, amado de su entorno familiar: no le faltaron hermanos, equipo de fútbol, grupo de baile andino. Tuvo ventas los domingos, los cuyes y gallinas de la abuela, la ocasión de llevar poncho y zamarros. Ahora, los lleva en este viaje y sobre el pecho, un casete con la amorosa música de sus padres.

Todo es sufrir una tragedia para saber cómo estas veredas parecen detenerse en el tiempo. Veremos cómo el barrio aparece integrado a las disfunciones de la ciudad, a sus instituciones en construcción. Veremos cómo actúan los policías, cómo responde la morgue, cuántas horas se tardan en levantar un cadáver, realizar la autopsia, entregar los papeles. Veremos cómo estos profesionales devuelven el pequeño cuerpo a los deudos.

¿Acaso lavado, cosido, agrupado? ¿Su cabeza envuelta en una funda negra? ¿Será objeto de respeto? Eso lo veremos. ¿Serán tratados con alguna dignidad un cadáver infantil y sus dueños, es decir, los poseídos del dolor del mundo? Veremos la celeridad y la hostilidad de juzgados, leyes, abogados, encargados de distintos oficios, religiosos.

Veremos que hay tramitadores para casi todo; veremos cuánto cuesta obtener los documentos para empezar el trámite del SOAT, y la misa, y un puesto en el cementerio. Y veremos que este está hacinado, derruido. Y que en estas veredas se imponen formas precarias de negocio y desprecio de la vida.

En el funeral, la familia del niño atropellado reparte su dolor en estas escenas de impotencia y se reencuentra en las tradiciones de la comunidad. Asentamos la tierra, la partida, el amor que nos tenemos. Vivimos el confín de la esperanza, la protección de los abrazos, el adiós de las canciones. Las manos consoladoras de las mujeres. Abuelas, tías, primas, ofrecen comida y bebidas calientes a los que acompañan. Y cantan llorando.

Y es un canto de brazos y regazos, un susurro que llama y arrulla, lastima y lesiona. Y es un Steven, feliz, con sus zamarros de felpa y su cara de dulce de leche, que se va de este Quito inmóvil que tanto duele.

Hora GMT: 04/Julio/2009 - 05:06

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