Carlos Jijón

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Debo reconocer, no sin sorpresa, que no ha dejado de llamarme la atención cómo después de un año de atosigante propaganda, la gente empieza a sostener, como si fuera cierto, que el ex editor de Opinión de El Universo, Emilio Palacio, es el peor ejemplo de periodismo que ha existido jamás en la república, y acaso en todo el continente. Que ha sido un irresponsable, comentan en las reuniones o en las redes sociales incluso los tuiteros más críticos al régimen y que han sido víctimas de la misma propaganda. Como si aceptar como cierta una supuesta negligencia del periodismo los volviera de alguna manera imparciales, en esta guerra declarada en contra de ellos mismos.

Yo discrepo. Sé que Emilio Palacio fue una de las voces más lúcidas en la crítica contra los políticos de la "partidocracia", y que durante años su voz se levantó para fustigar los mismos vicios que ahora el Gobierno de la revolución ciudadana dice combatir pero que muchos creemos que ahora representa. No siempre estuve de acuerdo con lo que escribía, pero estaba acostumbrado a escuchar, de boca de las mismas personas que ahora lo denostan, lo bien que escribía Emilio y lo valiente que era. Y recuerdo muy bien cómo era valorado por esa izquierda que hoy lo denigra cuando sus editoriales cuestionaban duramente a la derecha en el poder, ya al ex presidente Febres Cordero, ya al alcalde Jaime Nebot.

Yo sostengo, en contra de la propaganda que parece haber lavado el cerebro a la mayoría, que Emilio Palacio ha sido uno de los periodistas de opinión más importantes de las últimas décadas. Un periodista honesto y valiente, que escribió siempre lo que pensó y que nunca buscó acomodar su pensamiento al poder. Lo escribo sin intentar aludir a nadie. Y voy a agregar algo más: yo creo que si en el país existiera libertad para debatir públicamente lo que ocurrió la trágica noche del 30 de septiembre en las inmediaciones del Hospital de la Policía, incluso se pudiera tener mejores elementos para entender si Palacio cometió o no una injuria en su ya famoso artículo. Pero no hay libertad. El que sostenga argumentos contrarios a la propaganda oficial puede ser condenado a prisión y a la insolvencia. O acusado de intento de magnicidio y pasar meses en la cárcel, como le ocurrió al coronel Carrión después que le dijo a la CNN que el presidente no estaba secuestrado. O ser difamado como golpista por la inmensa maquinaria de "prensa" del poder que, con singular descaro, reclama "mejores prácticas periodísticas" a la prensa seria y a los periodistas independientes. No existe actualmente libertad de expresión en el Ecuador, sino una restringida al temor de que unos jueces pueden condenarnos a prisión, no solamente por lo que escribimos o decimos, sino también por lo que han escrito otros con su propia firma, como les ha ocurrido a los hermanos Pérez, los directivos del diario El Universo. Pese a ello, pese a los riesgos que significa, entiendo mi obligación ética de reconocer el buen periodismo de Emilio, aunque ahora muchos lo nieguen.