Por Margarita Laso
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Están en Valparaíso. La playa vive rodeada de cerros, la ciudad a la orilla del mar se agarra de las cuestas. Viejas y nuevas construcciones que miran un horizonte infinito. También escalan los cerros los ascensores. Son patrimoniales y famosos esos pedazos de trenes. Cubículos envejecidos en su papel de vagones suben y bajan sobre rieles, como balcones que volaran. Para evitar las subidas de interminables gradas, han sido armados entre las casas de las laderas. Diversidad de materiales dan un aspecto multicolor al puerto, casas de madera y tabla que parecen hechas para tener ventanas, para ver a los barcos pasar, para irse en pos del anhelo. También están los miradores, en donde se tiene la ilusión de capturar el puerto gigante, el mercado de contenedores, los transatlánticos que llegan a Chile y que se van.
Allí están reunidos, y la tierra sigue temblando. ¿Cómo se puede vivir a la orilla en este suelo de pisos enclenques en donde el generoso mar de los moluscos puede convertirse en abismo? ¿Cómo sigue la vida cuando no paran lo que se llaman réplicas, espejos de un terremoto que viene seguido de pavor incertidumbre ausencia? Algunos corren lejos de las estructuras, fuera de los refugios que en ingratas circunstancias pueden convertirse en trampas. Algunos corren lejos de la cordura. Otros, hacia el abrazo de otros. Aquí está presente lo incontenible. Si bien no hay Ejército ni toque de queda que detenga este movimiento telúrico, tampoco este ha podido detener la solidaridad, tampoco ha podido detener este corazón grande, lleno de lágrimas y costuras, este corazón mineral de Chile. Mientras barcos aún cargados de mariscos que se pudren contaminan playas aún desoladas, recursos y trabajo se han puesto en marcha. Y la vida de las instituciones sigue, se abre el camino a lo que vemos organizado: países limítrofes
y amigos, Estados constitucionales, redes democráticas que dan pisos al desarrollo, pisos sociales que a momentos se endurecen, pisados sociales que suelen ser las víctimas mortales, suelos pavimentados susceptibles, algunos rotos. Los presidentes del continente hacen parte de los aplausos a la sucesión, pero también llevan su hermandad al pueblo chileno. Traen de vuelta, eso sí, una dosis de sus temblores y sus advertencias.
Michelle Bachelet se despide de la gente del Palacio. Agradece a quienes son servidores públicos: la más noble de las tareas, dice, servir a los demás. Sale a la calle y conmociona a la gente. La despiden banderas y pañuelos blancos. En el aire, se agita la gratitud, esa otra forma de la esperanza. Ser uno para ser todos, decía su convocatoria. La presidenta chilena se va de la plataforma del Congreso en Valparaíso y se lleva envuelta la banda presidencial de sus años a su casa. Muchas chilenas entre la multitud quieren alcanzar su mano. Y hay quienes rozan sus mejillas, la acarician, quienes logran tocar su cara. Vestida de azul saliste/ a competir con el cielo, le cantarían, que también hay en la tierra/ cielo que de azul se viste.
Hora GMT: 13/Marzo/2010 - 05:07
