Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec
Esa mirada diaria que todos echamos a los noticieros internacionales basta para comprobar las crisis del mundo que habitamos. Las declaraciones políticamente correctas de los líderes mundiales no son capaces ya de convencer a nadie ni de gestionar más la incertidumbre que vivimos los ciudadanos. Cómo desvanecer las sospechas "con la que está cayendo", esa frase frecuente y preferida de los españoles a la hora de explicar las restricciones progresivas a las que se tienen que someter después de una época en la que todos gastaron más de lo que podían, engañados por gobiernos que disfrazaban los déficits reales de la administración pública con las clásicas trampas lingüísticas de los demagogos de siempre, candidatos perpetuos a ganar elecciones.
En ese conflictivo panorama mundial, mientras las monedas más fuertes luchan por depreciarse para ser más competitivas en sus exportaciones, los demonios de la guerra, del paro y de la hambruna se ensañan acosando a mucha gente, que ya no sabe adonde emigrar, pues la crisis financiera del mundo occidental sigue cerrando las puertas a la libre circulación de personas con el objeto de proteger laboralmente a sus propios ciudadanos. Y nosotros mismos, aparte del maremágnum de las circunstancias políticas del país, vemos con preocupación el descenso de los precios del barril y los bolsillos vacíos del ahorro nacional, al mismo tiempo que se va deteriorando la seguridad y que tenemos que padecer a diario el caos del tráfico vehicular y los malos modos que el estrés nos contagia a todos.
Sin embargo, por negros que sean los nubarrones, tras la tormenta, siempre ha salido el sol. Es que, a los seres humanos, las adversidades nos hacen crecer precisamente con la condición de no dejarnos amilanar, sino de acrecentarnos con el esfuerzo cotidiano. Amor y trabajo serán siempre los dos grandes pilares sobre los que tenemos que construir la calidad de nuestras vidas. Y a esos dos grandes valores éticos y sociales tenemos que aplicarnos especialmente ahora que el mundo anda en crisis. El amor tiene su mejor hábitat en la familia y el trabajo tiene el suyo en la empresa. De ambos nacen los pueblos, las ciudades y los Estados.
Familia y empresa dos instituciones imprescindibles de la sociedad. Aunque cada una de las dos tenga su propia lógica interna, sin embargo, interactúan y se potencian recíprocamente. La familia forma a sus hijos primero en su propio interior hasta que estén listos para salir a trabajar después de una buena educación. Y la empresa recibe a esos ciudadanos capaces para que transformen la sociedad con su trabajo construyendo el bien común al que todos aspiramos. El puente entre la casa y la empresa lo constituyen nuestros planteles educativos que tienen que ser vigilados y apoyados por todos. Así, nos vendrán días mejores, pues, si la esperanza es el deseo de un bien posible, entonces tenemos que reactivarla para salir de este laberinto crítico en que nos hallamos; todo, con la bendición de Dios, que resarce siempre al que sabe esperar sin prisa y sin pausa.
Autor: Roberto Fernández - rofer@hoy.com.ec Ciudad Quito
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