Por José Laso
joselaso@hoy.com.ec
Son unas pequeñas cuevas y uno se imagina que debieron albergar unos míseros rebaños, quizá unas cinco o seis ovejas. Aquellos pequeños agujeros no han sido sepultados todavía por el peso de la historia. Cuando uno camina por Palestina, generalmente los guías le cuentan a uno cómo se construyeron las inmensas iglesias, que sofocan los misterios. Y las guerras y las batallas, que desde los cruzados se llevaron a cabo,para conquistar aquellos santos lugares que, paradójicamente, en el comienzo, fueron tan insignificantes. Unas guerras que al final justificaron ideológicamente el poder del occidente, que habitamos a medias. Uno tiene, entonces, que comenzar a imaginar como si cavara con las uñas para desenterrar alguna cosa con qué dar sentido a la vida, como suelen hacer los niños que buscan unos tesoros que casi siempre están ocultos para los ojos.
Como esas cuevas son tan pequeñas y adentro apenas han colocado algunas maderas que semejan una fogata, los turistas y los peregrinos las visitan unos segundos, porque adentro no hay nada para fotografiar. Es el grado cero de los misterios. Aquello que es sin más, aquello que denominamos el comienzo. Aquello que solo pudo ser contado con el lenguaje más aproximado a los cuentos de hadas. "Y aconteció que estando allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón y aconteció que había unos pastores en la misma región, que velaban sus rebaños por la noche y he aquí que se les presentó un ángel del Señor y la gloria del Señor los rodeó de resplandor y tuvieron gran temor".
En una de las calles de Belén, se nos acercó entonces una pequeña niña palestina de unos cinco años y nos ofrecía tres camellos por 10 euros. Y ahora pienso que ella, con toda seguridad, tenía la sangre de los pastores intemporales del relato, y que ocupaba el lugar del otro, quizá de lo que los teólogos de después llamarían el totalmente otro. Quizá tenía que vendernos los tres camellos, porque como miles de vendedores ambulantes del mundo, necesitaba unos centavos para poder comer.
Me volvió a traer la memoria el olor de esos rebaños del relato del evangelio, que son los mismos que los niños ponen sin proporción alguna en sus pesebres. Unas frases que encontré en un libro de De Certeau: "El cristianismo no es más que algo particular en la historia de los hombres". "Opción particular ofrecida y abierta en la singularidad de la fe, opción arriesgada en la gratuidad de un consentimiento, como un gesto de amor loco, visitación de una gracia sin otra razón ni prueba que lo que engendra en el riesgo de una vida. Esta fe despojada, desnuda, sin grandes declaraciones, enfoques apologéticos o lecciones de moral en nada se asemeja a la imagen pública de lo religioso, que conviene a los medios". Quizá el discurso espectacular que nos vende seguridad y no aquella debilidad de creer de los pastores que habitaron aquellas pequeñas cuevas.
Hora GMT: 20/Diciembre/2009 - 05:11
