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Unas libertades mal apreciadas

Publicado el 30/Octubre/2008 | 00:05

Por César Ricaurte

La semana pasada se abrió la polémica porque una ciudadana (lo de ser sobrina de Alberto Acosta es lo de menos), Verónica Acosta, mandó al presidente de la República a que deje de hacer campaña y vaya a trabajar. Según el informe periodístico, el presidente tuvo una mala reacción. Al parecer, en un inicio habría ordenado que se aprese a esta señora, pero luego el detalle del parentesco con el ex presidente de la Asamblea cobró peso y el incidente se saldó con un "pelucona" lanzado por el jefe de Estado. El episodio nos deja frente a frente con un tema por demás importante: ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión? ¿Debe haber límites? ¿Pesa más el principio de la majestad del poder que la posibilidad de un ciudadano de decir lo que siente frente a un líder político? El asunto no es para nada algo menor, sino que va directo a la yugular de la democracia pues su existencia se basa en la idea de que las personas toman las mejores decisiones sobre quién y de qué forma se debe gobernar una sociedad. Para hacerlo es necesario que exista un foro público amplio y diverso donde circulen todas las ideas libremente y puedan ser evaluadas de cara a la toma de esas decisiones.

La libertad de expresión garantiza esa libre circulación de ideas. Todos las personas, según consta en el famoso Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tenemos el derecho de expresar nuestras ideas. El trabajo de periodistas y medios se fundamenta en este principio, pero no son los propietarios de estas libertades, como muchos -incluso periodistas, estudiantes y gente que trabaja en comunicación- piensan. Nítidamente se lo dice en la "Declaración de Quito" aprobada en el I Encuentro Andino de Libertad de Prensa celebrado la semana pasada con representantes del más alto nivel de organizaciones de seis países: "Queremos resaltar que las libertades de expresión y prensa no atañen únicamente al trabajo periodístico. Invitamos a la sociedad en general a considerar que en el momento en que se afecta el trabajo de cualquier periodista, por medio de amenazas directas o indirectas, se afecta el derecho de todos los ciudadanos a informar y ser informados de la forma más amplia posible". Aunque parezca paradójico la libertad de prensa tiene mala prensa. O para ser precisos hay muchos que ven desconfianza la defensa de unas libertades que sostienen es la coartada de unos periodistas propensos al exceso verbal y de algunos "empresaurios" sin responsabilidad y casi siempre oponiéndose a proyectos políticos progresistas. Sin embargo, por ahí no van los tiros. La libertad de prensa se inscribe en un contenedor mayor que es la libertad de expresión. ¿Qué implica esto? Que toda persona tiene la garantía de que puede expresar sus ideas de la forma más amplia y sin ser sometido a retaliaciones por ello. Y sin la vigencia de este principio, no hay nada.

cricaurte@hoy.com.ec

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