Por: Andrés Vallejo

avallejo@hoy.com.ec

La de arena es la que aparentemente es una buena noticia, reseñada en El Comercio la semana pasada. Da cuenta de que el vivero municipal en Las Cuadras produce 200 000 plantas al año. Es una buena noticia aparente, porque implica que del un millón de plantas que se producían hasta hace cuatro años, esa producción ha disminuido a la quinta parte, lo que significa, a la vez, que en Quito se siembran 800 000 árboles menos cada año, que los que se sembraban hasta hace cuatro años. Es penoso visitar el vivero en Las Cuadras y comprobar que se abandonó el programa por el cual se transformó lo que ahí existía, asumiendo un manejo técnico del vivero, dotándole de la infraestructura adecuada, y produciendo, en consecuencia, un millón de plantas de la más diversa gama, que, a su vez, se los mantenía ahí entre 12 y 18 meses, hasta que alcancen 1.50 metros de altura, para luego sembrarlos en los más diferentes sitios de Quito. Todavía hay plantas sin transplantarse, que estuvieron ahí hace cuatro años y, obviamente, están enraizadas. Esta notable disminución es consecuencia directa de que la administración municipal eliminó el proyecto de forestación que se manejaba con una unidad específica, y trasladó esa tarea al antiguo departamento de Parques y Jardines de la EMOPQ, rebautizado como Gerencia de Espacio Público, que no tiene ni el presupuesto ni la infraestructura necesarias para hacer lo que hacía Vida para Quito. Los árboles se talan como si estorbaran, en lugar de cuidarlos y mimarlos, como corresponde.

La de cal es la resolución municipal para que algunas calles de la ciudad cuenten con una ciclovía. Las ciclovías de Quito tuvieon aproximadamente cien kilómetros hasta el año 2009. Su incremento es positivo y merece el apoyo ciudadano. Las molestias que en algunos sitios puede causar son secundarias si el concepto es facilitar la movilidad en Quito con sistemas alternativos. La movilidad no tiene solución si se sigue planificando y construyendo la ciudad para los automóviles. Es un círculo vicioso que retroalimenta la congestión y agrava cada vez más el problema. Si se quiere estimular el uso de la bicicleta, hay que dar facilidades para su uso. El que no hayan todavía ususarios de las vías exclusivas no es un óbice para que se las instale, porque si no existen, es más difícil que los ciudadanos se decidan por usarla. Mientras más facilidades se construyan para la circulación de automóviles, disminuyendo parterres y espacios verdes para construir vías, más se estimula el incremento de vehículos a motor. Independientemente del acierto o no de establecer ciclovías en ciertas calles, hay que seguir haciéndolo. Uniendo universidades, como la Católica y la Central por la calle Carrión. O la Central con la Equinoccial por la Ulloa, lo que facilita a los estudiantes utilizar la bicicleta. Son los estudiantes los que más lógicamente deberían hacerlo.

Así como, legítimamente, hay que criticar y censurar lo que se hace mal, hay que apoyar lo que se hace bien. Y el impulso a las ciclovías es un paso acertado, que debemos apoyar.