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Un volcán dinamitado

Publicado el 29/Agosto/2012 | 00:48

Segundo E. Moreno Yánez

smoreno@hoy.com.ec

Cuando en 1999 se reactivó el volcán Tungurahua, algunos "vulcanólogos" aficionados aconsejaron a las autoridades enviar aviones de la FAE para bombardear el cráter y "destapar" la chimenea del volcán, para que expulse todo el magma acumulado en su interior. Algún iluso "turistólogo" fue del parecer que debía construirse un gran teleférico desde Baños (2000 m.) hasta la cumbre (5023 m.) o, por lo menos, hasta los refugios (3800 m.), desde donde se podrían iniciar vuelos en ala delta, escalar en roca y otras aventuras.

La fascinación por los volcanes ha acompañado al ser humano desde su aparición sobre la faz de la Tierra. A lo largo de la historia este sentimiento ha adquirido diversas formas, desde el culto religioso a los cerros humeantes hasta el interés de la sociedad moderna en ver en los volcanes un recurso natural susceptible de ser explotado. Tal fue el caso del volcán Popocatépetl ("cerro que humea"), en México. Cuenta el antropólogo Julio Glockner, en su libro: Los volcanes sagrados (México, 1996), que a mediados del siglo XIX el general Gaspar Sánchez Ochoa se declaró dueño del Popocatépetl. En 1883 organizó una expedición al cráter con el objeto de recoger muestras de azufre, a fin de explotar las "preparaciones sulfurosas que emanan del volcán, tan necesarias para la industria del país". Después de una negociación fracasada con una compañía norteamericana que buscaba comprar el volcán, en 1902 el general Sánchez Ochoa recibió algunos proyectos para promover el turismo en el lugar. Entre ellos se destacaba la "muy divertida ocurrencia" de lanzar a los viajeros por el empinado flanco del volcán "en un carrito sujeto a un cable de acero y usando como fuerza para el descenso la gravedad". No se aceptó la construcción de este "salvaje teleférico".

Para la extracción del azufre se insistió en perforar un túnel a 500 ó 600 metros debajo de la cima hasta "la plaza del cráter del volcán". En febrero de 1919 alguien tuvo la ocurrencia de dinamitar desde el interior las paredes del cráter para facilitar la extracción del azufre. Se colocaron 28 cartuchos de dinamita en torno a la chimenea del volcán. El único sobreviviente de aquella catástrofe contó que con el "tronidazo" las paredes del cráter se movían como en un temblor y saltaron por el aire "chorros de piedra". Los 18 trabajadores buscaron refugio arrimados a los peñascos, mientras la nieve los sepultaba. Cinco días después fueron rescatados los muertos y el único sobreviviente, quien contó la historia. Parece que los estallidos de la dinamita ocasionaron fisuras en las grietas interiores del cráter por donde ingresó el agua de la nieve, lo que provocó en años posteriores violentas erupciones de vapor. Comprender una relación con la naturaleza "que esté más allá de su simple utilización como recurso para la producción" es la enseñanza del volcán.

Autor: Segundo Moreno - smoreno@hoy.com.ec Ciudad Quito

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