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Un inolvidable

Publicado el 08/Febrero/2010 | 00:04

Por Federico María Sanfelíu
sanfe@hoy.com.ec

El pasado 29 de enero murió en Quito el jesuita P. José Luis Micó Buchón. Tenía 94 años. Con él, desapareció en lucidez y paz, una personalidad religiosa y humana excepcional. Leer el Testimonio de su vida es adentrase en el seno de una familia de clase media en la España de la República y la Guerra Civil. ¡Cómo transmite valores una familia! Es también descubrir cómo, aún en las más penosas circunstancias, un joven capaz de tomar cualquier rumbo, soñó su vida, diseñó su futuro, optó por un ideal creyente de servicio, ser jesuita, y cumplirlo con una espléndida y feliz creatividad en sus 76 años de vida religiosa.

José Luis ya en la Compañía se forjó en una larga y abierta preparación de estudios humanistas, filosóficos y teológicos. Especializado en literatura moderna, su cultura mediterránea y francesa le hicieron un maestro excepcional. Asistir a sus clases era gozar. Aprender a valorar y descubrir lo bello y lo bueno desde la visión de un artista con una cultura universal. Con él, leímos la última novela, tuvimos en nuestras manos a los grandes autores. Y lo que es más valioso: nos enseñó a escribir teniendo algo que decir. Con él, entramos para quedarnos para siempre en la luminosa casa de la belleza. Su vida de maestro se plasmó en libros originales que pronto eran traducidos. Véase en Internet. Ese hombre era también un sacerdote. La espiritualidad ignaciana lo hacían pastor. Los Ejercicios Espirituales fueron el instrumento que le puso al servicio del pueblo de Dios que se renovaba con el Concilio. Una nueva faceta de su personalidad se reveló en él: impulsó la restauración de fabulosos monumentos de arte como el gran Monasterio de Veruela, siglo XII, entre Aragón y Soria, el palacio de los Borja en Gandía y otros más.

La inquietud apostólica del P. Arrupe le contagió: pidió venir al Ecuador. Desembarcó en Quito y quedó atónito por su belleza y las hirientes desigualdades sociales. Entró en medios universitarios, desde un Evangelio que obra la justicia y está junto al pobre. Sus artículos de opinión en El Comercio, El Universo y el entonces acreditado El Telégrafo eran el reflejo de su cultura, visión política e inquietud social. Vuelve a Quito como Superior de la Iglesia de la Compañía. Allí su talento y cultura descubrirán una tarea de altura: restaurar la Iglesia de la Compañía, venida a menos en su extraordinario barroco. Crea la Fundación Iglesia la Compañía, hace las primeras gestiones con el Municipio de Quito y colabora con el Fonsal en la renovación del templo. José Luis Micó sabía qué debía hacerse, qué destacar, qué era inapropiado. A él, a su tesón –junto con otros muchos- se debe lo que hoy nos enorgullece: la restaurada Iglesia de la Compañía. Su vida densa se hizo arte y rezo, invitación a la oración y atración por una obra maestra. Un hombre así es inolvidable, merece ser recordado.

Hora GMT: 08/Febrero/2010 - 05:04

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