Por Pepe Laso R.
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Es el cumpleaños 69 de Radio Quito. Me han invitado a compartir un programa con ese extraordinario periodista, memoria viviente de la ciudad, don César Larrea y con Gonzalo Ruiz, quien por muchos años había sido parte de esa misma historia. Mientras conducía en la mañana fría, me daba vueltas una frase: "El futuro que habita la memoria". En estos tiempos, en los que en cada cadena radial de los sábados se inaugura y surge el mundo y el país de la nada, como en los viejos mitos, me parecía importante, aunque fuera desde una cierta nostalgia, pensar que el presente es el lugar en el que se dan la mano el pasado y el futuro.
Y mientras don César contaba los inicios de Radio Quito, venía a mi memoria el viejo RCA de mi abuelo, desde el que comencé a escuchar una diversidad de voces y los encendidos discursos de aquel caballero de la larga figura, al que también, como ahora, habíamos confiado la inauguración y la salvación de la patria.
Entonces, yo conté de esa noche del sábado 12 de febrero de 1949, cuando escuchábamos una radionovela que se llamaba algo así como El violín del gitano, se interrumpió la transmición y se anunció que esta diminuta ciudad había sido invadida por los marcianos. Recuerdo cómo mi madre trataba de escondernos en una especie de sótano mientras en el pánico se mezclaban las plegarias con el olor a agua de manzanilla, hasta que Leonardo Páez, que era el director artístico de la adaptación criolla de la obra de La guera de los mundos, dijo que se trataba de una broma. A la mañana siguiente, mi madre me llevó a mirar lo que había quedado del edificio de El Comercio, en el que funcionaba Radio Quito, incendiado esa noche por la multitud asustada. Lo que se me quedó en la memoria fue el piso de lo que había sido la imprenta, que parecía un espejo por el plomo derretido.
Durante mucho tiempo de esa infancia tibia, escuché cómo se habían salvado los cantantes Benitez y Valencia y cómo unas amigas de mi familia contaban que, mientras ellas querían huir de los marcianos, un viejo tío ilustrado, desde su bañera, les decía para su tranquilidad que él había leído eso en alguna parte.
Después, Radio Quito nos trajo los noticieros y los deportes, y la música nacional, las entrevistas y la política, y fue poblando, como muchas otras radios, el espacio de significantes con los que fuimos construyendo nuestras identidades. Porque desde los años veinte, la radio en el país ha jugado un papel fundamental por razones profundas que escapan a esas visiones apocalipticas sobre los medios, tan simplistas por sus fidelidades a los fundamentalismos oficiales. La radio ha reflejado la heterogeneidad cultural de la que estamos hechos, ha conectado con la cultura oral de los sectores populares, ha enseñado a los migrantes que venían del campo a vivir y orientarse en la ciudad y creó un sentido de pertenencia al país, entre innumerables otras cosas, como el entretenimiento, la compañía, la inmediatez de la información, la apertura al mundo, la pluralidad de voces que van desde la trivialidad placentera hasta el mercadeo de lo celestial.
Hora GMT: 23/Agosto/2009 - 05:11
