Cecilia Velasco
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El mismo día en el que se producía el terremoto de Haití, autoridades suizas decidían sobre un proyecto de ley que permitiría restituir al actual Gobierno haitiano los 4 millones de euros que el dictador Baby Doc Duvalier había depositado en el pasado en un banco suizo. Las máximas autoridades de este país europeo reconocían el origen criminal de estos fondos mal habidos. La información era parte de un reportaje: madres y hermanos mayores de una treintena de niños haitianos declaraban que habían entregado voluntariamente a sus pequeños a un grupo de "blancos", sin que mediara dinero en el trato, porque estaban seguros de que en otro país, como en la vecina República Dominicana, tendrían un buen futuro. El reportero relata que estos haitianos no piden billetes, sino ayuda para gestionar la reconstrucción. Son campesinos que no tienen qué comer y refieren que, desde hace nueve años, un grupo de baptistas los había ayudado con medicina, comida, ropa y educación. "El Gobierno ha impedido los trámites (de salida de los niños), y es el mismo Gobierno el que todavía no ha venido a interesarse por nuestra situación", dicen los haitianos. Francisco Peregil, reportero y enviado especial de El País, concluye así su nota: "El trato del "blanco" que promete un futuro mejor para los hijos a cambio de los propios hijos podría hacer pensar en la vieja leyenda de los conquistadores que intercambiaban baratijas por lingotes de oro".
Así, los lectores podemos concluir que, aunque las intenciones de los misioneros estadounidenses hubieran sido buenas, no sería ético pretender sacar a niños y jóvenes de su núcleo familiar íntimo ni de su contexto cultural y social a pretexto de darles una vida mejor, pues no se trata de mascotas a las que el nuevo amo deberá alimentar, cuidar y mimar, sino de personas.
Puede ocurrir que quienes estamos en una situación más cómoda veamos a ciudadanos de regiones que atraviesan extremos problemas económicos o políticos como a verdaderos y odiosos extraños; suele ocurrir lo mismo cuando nos enfrentamos a personas discapacitadas (paralíticos, sordos, ciegos, mudos, mutilados). En lugar de experimentar compasión y empatía, encontramos intimidante, monstruoso, propio de animales o demoníaco aquello que, en rigor, tal vez sea solo carencia, una práctica cultural distinta o una estrategia de sobrevivencia -como las tortas de tierra y manteca de los haitianos-. Así como los conquistadores de todos los tiempos niegan la humanidad de los conquistados, en parte porque quieren y les conviene y en parte por ignorancia cultural y moral, muchos de los habitantes de Occidente y sus bordes ven en el otro no al prójimo-próximo, sino a un extraño, al que se debe domesticar y convertir, cuando no reducir y eliminar. Haití pone sobre el tapete cuestiones que la familia humana, si tal cosa existe, debe resolver: la relación con el mundo global, de la que el caso del banco suizo es un caso ilustrativo; la inmigración; el trato con los EEUU, del que Haití recibe actualmente soldados y ayuda humanitaria; la poca operatividad de las Naciones Unidad y, claro, las cuentas que los Gobiernos haitianos de los últimos años les deben a sus mandantes.
Hora GMT: 09/Febrero/2010 - 05:08
