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Tiempos penitenciales

Publicado el 28/Febrero/2009 | 00:12

Columna del padre Roberto


Por Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec


El culto cristiano consiste en dar gracias a Dios Padre por habernos dado a su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Es que en Cristo llega a plenitud el plan salvador de Dios y en Él se nos revela, por una parte, el misterio de Dios y, por otra parte, todo el potencial del ser humano. Así que la liturgia cristiana es encuentro con Dios por medio de Jesucristo que, al mismo tiempo, humaniza a Dios y diviniza al ser humano haciéndonos capaces de ser recíprocos con Dios. Esta reciprocidad de amor es lo propio del Espíritu Santo que procede del amor del Padre y del amor del Hijo sin necesidad de ser engendrado ni creado. Así podemos entender que el Espíritu Santo se nos haya dado solamente después de la Resurrección de Cristo, es decir, después de que por su muerte en la Cruz quedara ratificado definitiva y carnalmente (es decir, conforme a la naturaleza humana del Verbo) el amor infinito del Hijo al Padre, y, por consiguiente, purificando a la condición humana de aquel pecado que nos impedía el acceso a Dios.

Aunque haya que dejar muchas otras cosas en el tintero, esto que decimos puede ser el horizonte para situar los distintos momentos de nuestras celebraciones anuales. Cristo es el gran acontecimiento y tratamos de acercarnos a su esencia y a su misterio desmenuzando una vida ejemplar con la que tratamos de identificarnos en profundidad. Así que los cristianos celebramos dos pascuas. Una, la de Navidad, en donde el Hijo de Dios asumió el "paso" de hacerse hombre, y otra, la de Resurrección, cuando "pasó" definitivamente a estar sentado a la derecha de Dios. Ambas pascuas van precedidas de un tiempo de preparación: cuatro semanas, que llamamos Adviento, nos preparan a la Navidad, y seis semanas, que llamamos Cuaresma, nos disponen al triduo pascual del Jueves, Viernes y Sábado Santo en cuya noche revivimos la alegría de la Resurrección que se celebrará por cincuenta días hasta Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo.

Ahora nos toca la Cuaresma, tiempo penitencial de ayuno, limosna y oración, en el que queremos acompañar a Cristo en su sufrimiento redentor. Es una buena ocasión para renovar nuestra vida teologal hecha de fe, esperanza y caridad, y una gran oportunidad para librarnos de nuestros pecados en una buena confesión. Hace unos días, Diario HOY ha preguntado a 148 personas "si se mantiene la tradición de la Cuaresma en el país". El 59% respondió que sí. Un buen síntoma para los tiempos que corren, cuando no es tan fácil ser cristiano, ni estar a la altura de lo que piensan de nosotros los que no lo son. Pero, a pesar de todo, merece la pena intentarlo y tratar de asumir que, si Cristo padeció muerte de cruz por nosotros, entonces también nosotros podemos padecer un poco esos sacrificios que implican las dos columnas sobre las que se construye nuestro yo (no nuestro "ego") que son la del trabajo y la del amor.

Hora GMT: 28/Febrero/2009 - 05:12

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