Por Luis Alberto Luna Tobar
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Me ha reservado la vida el privilegio de ser testigo y partícipe de la consagración episcopal y posesión arquidiocesana de Luis Gerardo Cabrera Herrera. De aquello que las primeras impresiones marcan en quien las recibe con fe y cordial apertura, presiento que, en cuanto fundamenta y compone la personalidad azuaya y singularmente la cuencana, los designios providenciales se revelarán acertados y precisos en momentos en los que vivimos en toda la región azuaya un afán transformador exigente que requiere mentes abiertas a toda nueva luz y corazones dispuestos a toda determinante transformación.
La preparación mental de monseñor Cabrera garantiza, con indiscutible seguridad de acierto, la luminosa presencia de un prelado con superioridad, preparado para el trato individual con los mayores cerebros y los más fuertes temperamentos y para la versión comunitaria con los pueblos ávidos de luz nueva y de una fuerza asociadora determinante.
Hay en toda la región azuaya una constancia social general de población bautizada: se siente, cuanto más se conoce lo azuayo, una constancia comunitaria de trascendencia social que determina la conformación de grupos con conciencia profunda de comunidad, por la que responden todos con la misma fe y con idéntica capacidad de entrega y compromiso. La historia personal de monseñor Luis Gerardo se realiza sobre todo en su presencia franciscana, en la que el sentido de la fraternidad es tan solidario como lo es el afán humanísimo por encontrar y compartir el pan de cada día.
Ubicados estos valores en una comunidad diocesana, la fraternidad adquiere un poder determinante transformador; la comunidad cristiana vive y trasmite vida. En el vivir se traduce toda la riqueza de la intimidad sobrenatural, al pan de cada día, al sudor de toda jornada de esfuerzo y la alegría de todo encuentro fraternal momentáneo que perennizan la segura presencia de un Dios, hermano fiel, que siempre acompaña y comparte.
El episcopado lleva consigo un don singular que multiplica perseverante todo esfuerzo de asociación y de compañía. Los cerebros más luminosos y los corazones más recios, al ser revestidos de poder, se transforman con frecuencia en desafío constante a la pequeña vecina. En ese instante, la fuerza transformadora del carisma episcopal le confiere a todo obispo en un elemento exigente de crucificada sencillez. Las mitras y las púrpuras de un momento, exigen toda una vida de callada pero efectiva renuncia a sus exaltaciones, para acercarle más a la cruz pastoral que cifra serena y exigente, callada entrega y generosa donación. Que en su arzobispado cuencano revele monseñor Luis Gerardo Cabrera Herrera su humana mente y su corazón hermano. Algo que los siente también de corazón en sus inteligencias todos los sacerdotes y todas los correligiosos
Hora GMT: 04/Julio/2009 - 05:10


















04/Julio/2009 a las 12:45
Extrañabamos su pensamiento y sus articulos Monseñor Luna, son como un oasis en medio de tanto odio y ataques al gobierno de la Revolucion Ciudadana. Nunca se lee nada bueno sobre el actual gobierno, si midieramos los actos del gobierno por los articulos de El Hoy seria impensable que el economista Correa siga con un apoyo popular tan alto.