Por Federico María Sanfelíu
sanfe@hoy.com.ec
El terremoto de Haití, la desolación que vimos, golpeó nuestra sensibilidad. Sus impactantes imágenes nos hicieron sentir el desamparo real de las personas viviendo el shock. Solos, solas, andaban como sonámbulos perdidos en el desierto, en un caminar hasta el agotamiento. Por muy agrupados que estuviesen, los rostros decían otra cosa: esas voces no les llegaban, eran sonidos perdidos ante lo inexplicable. Creo que lo único válido en esos momentos es un abrazo cálido que rompa el ensimismamiento y nos haga entender que estamos vivos, que somos amados y que alguien que nos quiere está junto a nosotros. Solo el amor salva.
Lástima que las cámaras no nos hayan dado en esos momentos las reacciones de personas de fe viva: por ejemplo, una religiosa, en su inmenso dolor en contacto con su Dios.
¿Quién no se ha conmovido con el rostro de esos niños perdidos, sin norte, llamando ya sin voz a su papi, a su mami, a los suyos, esperando oír en la soledad que alguien diga su nombre?
Haití no es el sur de Chile y menos Santiago. La TV nos dio la imagen de un país alerta después de una calamidad todavía desconocida en su magnitud, con un Gobierno que asumía sus responsabilidades. Nunca mejor imagen de la Presidencia de la República que el ejercido por una mujer. La señora Bachelet, el tono de su voz, su mirada, la claridad de ideas, daban seguridad. Ejercía un liderazgo que nunca vimos en Puerto Príncipe, bien graficado en un palacio presidencial desmoronado y vacío.
Con el tiempo, las imágenes se han completado. La organización gubernamental chilena tuvo fallos garrafales. La Marina equivocó sus cálculos y no alertó de un tsunami aterrador que cayó como bomba atómica sobre las ciudades vacacionales y poblados de pescadores. Las víctimas debieron vivir un eterno minuto de destrucción. Claro que hubo saqueos y razonables asaltos en búsqueda de unas subsistencias que estaban allí embodegadas cuando eran necesarias y urgentes. 48 horas preciosas bajo el instinto de "sálvese el que pueda", pudieron ser evitadas si los teléfonos satelitales hubiesen funcionado y el alto mando pudiera haber asegurado pan, agua, una carpa protectora y, sobre todo, seguridad. En esos dos días Chile no fue diferente de Haití. Les faltó la solidaridad internacional hecha ayuda de todo lo que se necesita vitalmente. También una instrucción elemental sobre lo que hay que saber: que un sismo -y más de ese tenor- tiene cientos de réplicas potentes, genera durante largo tiempo consecuencias físicas en tierra y mar, que ni imaginamos.
Aviso para navegantes: Chile se organiza y pone en pie a su juventud para ayudar a los suyos. Eso es educación, civismo, solidaridad. Amenazados como estamos, estos sucesos son avisos a tiempo para nosotros: ¿cómo nos preparamos?
Hora GMT: 08/Marzo/2010 - 05:05
