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Sorpresas enceguedoras ...

Publicado el 06/Septiembre/2008 | 00:10

Por Luis Alberto Luna Tobar


Despertamos, después de cualquier normal sueño, para discutir con nuestra propia conciencia sobre la desnuda verdad de lo imaginado o sobre la fuerza creadora de las más desorbitadas imaginaciones, derivadas de lo secreta o privadamente soñado. Juzgar la autenticidad de lo imaginado, mientras se dormía, o en las horas más lúcidas y críticas de las jornadas personales y comunitarias de diálogo, de escucha serena o de discusión interesada, es un apacible entretenimiento de conciencias responsables o es desafiante atención del que tiene el morboso placer de perturbar a los más serenos o de enervar a los impasibles constitucionales. Y, después de decenas de descubrimientos personales y comunitarios, convenimos hoy en reuniones de todo orden, que se ha despertado en la conciencia pública, en el ánimo discutidor de los cenáculos privados, el afán de autentificar o demostrarse a uno mismo, a cada uno de los que hacemos comunidad, "que el mundo está loco, Señor Jesucristo" -como lo cantara y rezara el gran poeta de todas las humanas inquietudes que se acumulan en el alma de los pueblos y de los que vocacional o interesadamente utilizan lo comunitario para editar o publicar lo íntimo. Y allí, en lo íntimo llegamos a lo que, de ninguna forma podría dilucidarse entre multitudes confundidas o ardidas por la constancia con la que experimentan las variaciones de criterio de los políticos personalistas y de los sociólogos intimistas. Es hora precisa la presente para que todos nos comprometamos en volver sobre nuestras raíces, para reconquistar la originalidad de lo natural, de lo sencillo, de lo normal y primitivo. Es la hora de reconquista del pasado o del normal regreso de individuos y comunidades a las fuentes. Acaso sea improcedente imaginar y discutir socialmente cuántas sean esas fuentes originales y acaso bastara con que nos empeñemos comunitariamente en buscar la fuente única, la que nos permite descubrir nuestra Constitución soberanamente libre, por la que todos pertenecemos a una sola comunidad filial. Si se tiene verdadero interés por el progreso de la comunidad en la que realizamos nuestras vidas, es necesaria una reconversión psíquica personal y comunitaria. Y eso lo buscan las nuevas generaciones con un apasionamiento intensamente atractivo. El presente humano, seamos sinceros en reconocerlo, no lo conforma la media edad poblacional que se presenta como la principal gestora de todo desarrollo. La gran sustancia de energía comunitaria presente no la concentramos esa pléyade densa de elementos ancianos, radicalmente tan sinceros como tristemente gastados. La fuerza presente se prepara desde la energía limpia de la primera juventud. Más abierta a todas las realidades de la vida "ya vivida", la juventud se entrega íntegra, sin reservas ni ocultamientos tácticos. Quiere de los mayores que les permitamos actuar y que seamos testigos de sucesos si no garantes de hechos, actitudes y procedimientos definidos y caros. En estas simples realidades se está fraguando un mundo nuevo. Dejémoslo demostrarlo: demos posibilidades a los jóvenes para que demuestren su profundo humanismo comunitario.

Hora GMT: 06/Septiembre/2008 - 05:10





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