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¿Somos diferentes?

Publicado el 27/Mayo/2008 | 00:00

Como sociedad, fluctuamos entre la necesidad de orden y la del caos, lo que tal vez sea un eco del viejo debate entre civilización y barbarie. Los conquistadores, y luego los criollos, impusieron una forma de organización cruel e injusta, que quería escapar de todo control y de todo principio regulador. Ciertas formas de administración social, en teoría civilizadas, fueron aplicadas de modo maniqueo, para que solo unos pocos se beneficiaran. Así, nos acostumbramos a tolerar relaciones de poder viciosas, instituciones ineficientes, y a confundir derechos con dádivas. La barbarie institucional y cotidiana se hizo habitual y dejó de espantarnos. Y tanto, que en el mundo académico se ha llegado a pensar que el Ecuador es un país libre de violencia, porque los derrocamientos de las últimas décadas se han dado de forma pacífica, pero existen otras terribles expresiones de la intimidación: los discursos autoritarios y descalificadotes en boca de los gobernantes, la inseguridad ciudadana, el número de fallecidos en las calles por irrespeto a las leyes, el trato a los niños y las mujeres, la violencia doméstica, la imposibilidad de acceder a derechos, la humillación a la que los ecuatorianos nos vemos sometidos a diario. En lugar de propender a reconstruir esa institucionalidad fracturada, creemos que hay que sepultarlo todo, porque nuevos victoriosos tiempos se vienen, como de la nada y por arte de magia, de la mano de la "Revolución ciudadana". Formas de convivencia más civilizadas, modernas y democráticas llegan a parecernos algo ajeno a nuestra idiosincrasia y nuestra tradición propia, adecuadas para europeos y no para nosotros, "simples llamingos", pues se reclama, para América Latina, el derecho a la originalidad y la diferencia, pero ¿hemos pensado que esa reivindicación puede encubrir posiciones reaccionarias, en la medida en que plantea que no estamos a la altura de otros pueblos que han conquistado una vida mejor para sus ciudadanos? Por nuestra propia naturaleza, ¿debemos ser más pobres, menos educados, más débiles y pequeños, menos deliberantes y libres? Se podría construir una sociedad más democrática si el lenguaje político del presidente se elevara, si dejara de descalificar a todos sus oponentes, si abandonara el tono sarcástico para dirigirse a los otros. Podríamos funcionar mejor si recuperáramos instituciones y principios abstractos, en lugar de defender y atacar a personas particulares.

Se podría aspirar a ciudades más armónicas si se crearan más fuentes de empleo, en lugar de llenar las urbes de miles de desempleados que tienen que vérselas vendiendo bagatelas en un entorno violento y caótico. Si se advirtiera, en las formas, una gestión que no sea ni populista ni complaciente con la clientela, tendríamos el indicio de que, en el fondo, vamos alcanzando conquistas de las modernas civilizaciones humanas, de las que tantos países subdesarrollados del mundo están alejados en pleno siglo XXI.

Hora GMT: 27/Mayo/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Cecilia Velasco

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