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Soledad y libertad

Publicado el 23/Febrero/2008 | 00:00

Ciertamente no siempre es fácil equilibrar estas dos tendencias porque caminan en direcciones opuestas. El miedo a la soledad y el amor a la libertad son arquetipos fijados en el alma humana por siglos de evolución, tanto individual como colectiva, de nuestra especie. El que quiere ser libre trata de ser independiente conservando su propio tiempo y espacio para sí mismo, pudiendo decidir la propia vida sin que nadie interfiera en ella desde afuera. En ciertos momentos de la vida, puede ser rico saborear esa libertad que nos produce espejismos de omnipotencia y nos permite volar por donde quiera nuestro libre albedrío. Pero la otra cara de esta moneda es condenarse a vivir en soledad y dejarse invadir por sentimientos y por temores; tener que pasar la vida solos puede producirnos inseguridades, tristezas y angustias de muy diversa condición. En el fondo, este miedo a vivir solos es un inteligente incentivo, no solo del instinto, sino también de la razón, para la búsqueda de compañía en la vida social y de pareja en la vida personal. El mismo Dios dice en el Génesis: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn. 2, 18), y concluye el texto: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a la mujer, y se hacen una sola carne” (Gn. 2, 24). Así la vida conyugal se nos presenta como la superación de la soledad a cambio del sacrificio de una parte de nuestra libertad. Por supuesto que quien se casa lo hace libremente y así legitima la libertad de los actos subsiguientes, pero en ese mismo instante de suprema libertad sabe que está sustituyendo la independencia por cierta interdependencia y que está sacrificando (reconozcamos la paradoja), con generosidad y egoísmo, libertades que ya no se podrán reclamar nunca más.

Hay dos clases de soledad: la que elegimos voluntariamente nosotros mismos y la que se impone en contra de nuestra voluntad. De esta última, ¡sálvese quien pueda! Cuando la soledad es elegida libremente, entonces se privilegia nuestra libertad. Es el caso de muchas vocaciones sacerdotales y religiosas; renuncian a la vida en pareja, pero se entregan a la comunidad y a Dios, logrando un equilibrio superior de la propia afectividad. Lejos de reprimir los impulsos del corazón, los subliman hacia la conquista de un ideal superior y así se va educando el alma con el encanto que da la virtud y el sentirse realizados en la vocación. Humanamente es difícil de comprender que hombres y mujeres normales opten por esta decisión en pleno siglo XXI. Es el misterio que implica la llamada de Dios a trabajar en su viña en cualquier época de la historia. Curiosamente se les llama padres y madres, aunque no engendren hijos según la carne, porque los engendran con el alma y porque son colaboradores de Dios, padre universal de todo lo que existe. Si hoy hay menos vocaciones a la vida religiosa, no es porque Dios no llame, sino porque nuestro mundo está marcado por la comodidad que dan los placeres vulgares, inversamente proporcionales al sacrificio, componente esencial de los amores auténticos, o sea, aquellos que son capaces de amar con toda el alma entregándose a Dios y al prójimo. Tarde o temprano tiene que crecer el número de quienes están dispuestos a darlo todo con toda libertad y sin miedo a la soledad.

Hora GMT: 23/Febrero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO Autor: Por Roberto Fernández





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