Por Andrés Cardenas Matute*
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"La Iglesia no debe meterse en política, pero cuando la política toca el altar de la Iglesia, ¡a la Iglesia le toca defender su altar!", sostenía monseñor Óscar Romero, salvadoreño. Y tan incómodo fue para la Segunda Junta Revolucionaria de Gobierno que regía en los inicios de 10 años de guerra civil en El Salvador, que decidieron callarlo para siempre el 24 de marzo de 1980. Un 'escuadrón de la muerte' fue el encargado del operativo. Estas agrupaciones eran paramilitares de extrema derecha, formadas por civiles, policías sin uniforme y militares, que asesinaban a 'opositores políticos'. Fueron los católicos 'progresistas' que habían criticado su nombramiento episcopal en 1977 los mismos que lloraron su muerte.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos recomienda "realizar una investigación judicial completa, imparcial y efectiva, de manera expedita, a fin de identificar, juzgar y sancionar a todos los autores materiales e intelectuales de las violaciones" del caso. Y el ex periodista y actual presidente Mauricio Funes a inicios de este mes se ha comprometido a hacerlo.
Es que denunciar las violaciones a los Derechos Humanos y solidarizarse con las víctimas de la violencia política salvadoreña fueron su deber como sacerdote. El irrespeto a la dignidad y a la vida de las personas, aparte de atentar contra el sentido común y contra cualquier principio moral, transgrede la doctrina católica. Entonces, sus pastores se ven obligados a clarificarla y predicarla. Pero es de vital importancia entender la diferencia entre orientar a los fieles exponiendo la misma doctrina que se ha vivido más de 2 000 años, y entrar de lleno en la arena política tratando de influir en temas opinables. Defiendo y defenderé siempre que los sacerdotes no se deben meter en política. "Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: 'No matar'.
Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla", dijo el sacerdote, un día antes de su asesinato. También criticó tajantemente la teología de la liberación, y la protección que muchos de los seguidores de esta corriente daban a los guerrilleros del Frente Farabundo Martí. Monseñor Romero siempre contó con el apoyo expreso de su ex profesor Pablo VI y de Juan Pablo II, a quien conoció dos años antes de su muerte. Su proceso de canonización ya está en marcha, y podría certificar los que muchos de sus compatriotas ya lo saben: se trata del primer santo y mártir de El Salvador. "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño", había dicho. Estaba en lo correcto.
*Estudiante universitario
Hora GMT: 29/Noviembre/2009 - 05:04
