Bernardo Tobar Carrión
btobar@hoy.com.ec
Ondeaba la bandera, la tricolor, la del escudo con el cóndor, movida por el viento, recortándose contra el azul del cielo de verano, con la cordillera oriental como telón de fondo. En ese paisaje hermoso la bandera me pareció fuera de sitio, quizás por que me recordó los lÃmites que simboliza en un contexto cargado de horizonte, de infinitud.
Objeto de culto, sagrada bandera le dicen -como si tuviera carácter divino-, se reverencia en ceremonias estudiantiles y oficiales, rodilla en tierra, protocolo universal, pues esta ficción llamada Estado -que no existirÃa si no la inventa el hombre-, con sus fronteras dibujadas a mano alzada y estiletes remojados en sangre, se propagó por los cuatro puntos cardinales, convirtiéndose en el vehÃculo para hacer la guerra y acumular poder. Millones siguen muriendo en defensa de una bandera, la misma que como telón de un escenario de muerte se corre para que desde fuera no se vea ni se intervenga en el genocidio casa adentro, como sucede en Siria y ha sucedido en tantas dictaduras, que terminan aniquilando decenas de miles de civiles antes de que otros paÃses recuerden que la dignidad humana está por encima del principio de no intervención.
Hombre y mujer se unieron en familia, luego en tribu, en comunidad, hasta llegar al Estado, con el objetivo de tener un orden común -leyes- y delegar en la sociedad polÃtica ciertas funciones que se prestan más eficientemente en conjunto, como la seguridad, infraestructura básica, servicios públicos, justicia, indispensables para el bien común -las comunidades indÃgenas son en esto más visionarias que el mestizo, pues buscan mantener en sus "territorios" formas de organización, modelos de desarrollo, gobierno y justicia propios, mientras el resto del paÃs se ha rendido a la que le imponen los "poderes centrales"-. Conviene recordarlo, pues de delegatario de los miembros de la sociedad, hoy es paradójicamente el Estado el que delega, por excepción, a la iniciativa privada. Lo que en su origen fue potestad natural de la persona, terminó secuestrado por una entelequia que asumió el control de todo, bajo una etiqueta seductora para la masa: la soberanÃa. Se inauguró asà una forma de servidumbre, en la que el ciudadano pide permiso a la autoridad para hacer aquello que le corresponde por derecho natural.
La visión absolutista de la soberanÃa que ha incorporado el Estado contemporáneo es una traición a los ciudadanos que le dieron vida legal. La sociedad polÃtica actual ha hecho del Estado un dispensador de permisos y licencias, antes que garante y facilitador de derechos. Hay desde luego excepciones, pero son cada vez mas escasas.
El hombre puede ser un lobo librado a sus designios, como sostenÃa Hobbes, pero un lobo limitado por la competencia en todo caso; mucho peor es el hombre atado a la estaca de la autoridad, paralizado ante un tigre suelto que medra de sus impuestos. ¿De qué signo es la ideologÃa que reivindica la dignidad humana sobre la soberanÃa de los estados; la que mira la libertad como norma y el ejercicio de la autoridad, como excepción; la que ubica al Estado al servicio de las personas y no al revés?
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Autor: Bernardo Tobar - btobar@hoy.com.ec Ciudad Quito







