PRAVILLE.- Sobre las yermas alturas de Gonaives (norte de Haití), en Praville, más de 400 familias de refugiados luchan por su supervivencia en un campo no reconocido por las autoridades, seis meses después del paso devastador de cuatro huracanes y tormentas.
Sobre un trozo de tierra reseca, barrida por el viento y azotada por el sol, se hacinan sobre todo mujeres, niños y ancianos.
"Perdí todo el año pasado", murmura Lesancia Joseph. "Mira dónde estoy obligada a vivir a los 80 años", dice con voz trémula mostrando una tienda de campaña minúscula al borde de un camino, a merced del ruido y las vibraciones de enormes camiones que pasan dejando una nube de polvo.
"Nadie se ocupa de nosotros, hubiera preferido que me llevaran los ciclones antes que vivir así", dijo la ex lavandera.
"No tenemos nada que comer, no hay agua, nada para curarnos mientras el polvo nos da fiebre y permanentes problemas de respiración y todo el mundo nos ha olvidado", asegura la vieja mujer que ahora vive de la mendicidad y comparte su tienda con dos bisnietos.
El campo fue creado en enero tras el desmantelamiento oficial de dispositivos reconocidos por las autoridades haitianas que deseaban evitar que se transformaran en nuevos barrios de chabolas.
En este campo no reconocido por el gobierno de Puerto Príncipe, los ocupantes afirman haber sido expulsados de los campos oficiales o de los domicilios de miembros de sus familias, cansados de albergarlos.
Algunas organizaciones no gubernamentales estiman que este reagrupamiento es fruto de una manipulación de personas que desean captar la ayuda internacional.
"Por supuesto, algunos de los que dirigen (el campo) esperaban hacer un poco de negocio con la ayuda", asegura un habitante de Praville. "Pero la mayoría de las familias que viven en el campo están de verdad en la miseria y en una gran fragilidad física y nadie los ayuda".
Para la comunidad internacional, la fase de emergencia está oficialmente terminada en Gonaives. Las financiaciones se agotan y las organizaciones humanitarias comenzaron su retirada, lo que a menudo es sentido como un abandono por la población afectada por las catástrofes naturales de 2008.
"No tengo nada que darle de comer a mis hijos, no pueden ni asistir a la escuela, siempre están enfermos", dice Antoinette Paul, de 49 años, agotada por el hambre y la fiebre. "El agua se llevó mi casa, mi marido murió, tengo miedo de lo que va a pasar en la próxima temporada de lluvias".
La temporada de huracanes 2008 en el Atlántico norte fue una de las más devastadoras por la inmensa cantidad de víctimas y la gran destrucción que dejó, especialmente en Haití y Cuba.
Las tormentas tropicales Fay y Hanna y los huracanes Gustav y Ike atravesaron territorio haitiano entre los meses de agosto y septiembre y dejaron un total de 793 muertos -466 sólo en la ciudad de Gonaives, la más golpeada- y unos 300 desaparecidos, según la oficina de Protección Civil.
Los cultivos fueron arrasados, vastas zonas completamente inundadas, 22 702 casas quedaron destruidas y 84 625 dañadas por las tormentas. (AFP)
Hora GMT: 17/Marzo/2009 - 20:30
