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Publicado el 24/Octubre/2009 | 00:11

Por Luis Alberto Luna Tobar


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Afectado por deficiencias temporales muy humanas, me he ausentado de mi constante comunicación, desde las páginas diarias hasta un silencio alentador. Estoy seguro de que todos los seres humanos preocupados por la constante evolución psíquica sí comprenden y asumen el silencio, con su fuerza alentadora, como un medio humano poderoso en su efectividad que reconcilia el cansancio con la entrega reconstructora que renueva todo empeño y reanima el compromiso de servir, agradecido con la generosidad lectora y sobre todo con la real eficacia de su acogimiento al original intento de comunicar, servir y prolongar las relaciones humanas con las secretas disposiciones de lo sobrenatural.

Entre todas las distintas formas de comunicación que mejor relación mantienen entre las muchas y muy diferentes posiciones o actitudes en la ordinaria comunicación humana, la palabra escrita, renovada a merced de la generosa atención de quienes la leen, reintegra permanentemente aquel signo de comunión psíquica, intelectual y volitiva que más integra a las comunidades y, más precisamente, afirma el vigor de la unidad humana.

En las ricas páginas de las lecturas evangélicas diarias, descubrimos siempre una expresión que se nos revela como reciente e inmediatamente pronunciada por la secreta voz interior poderosa con la que el Maestro se comunicó con sus discípulos.

No es sueño, ni ficción mágica de una imaginación enfebrecida, pero es evidente que la energía del vigor psíquico de la amistad genera una comunicación, a distancia o en cercanía, entre las personas o comunidades vinculadas por un mismo sentido de entendimiento espiritual, y en esa comunicación se vive un real espacio de entendimiento acogedor y de voluntad generosa, por lo que se mantiene viva la unidad humana y se hace cada día más sensible la comunicación espiritual que se convierte en magisterio entre seguidores del Maestro y comunicadores de su real presencia.

En nuestra generación, con suerte imponderablemente real, el recrecimiento de esta forma de comunicación de los espíritus, por la que cada día es más extensa la sociedad creyente, ha ganado una fuerza de presencia unificadora y generosa que nos unifica con mayor sentido de fraternidad y hace más sólida la edificación de una Iglesia realmente viva.

Con relativa frecuencia, se sentía antes, unos cuantos años atrás, una especie de despreocupación social por el estado de fe y de severidad moral de las generaciones nuevas.

Hoy, se presiente y se califica con optimismo el avance de una Iglesia viva y renovada por una juventud con fe honda y con amplia generosidad social. Y son precisamente estos efectos de una fe viva los que más buscamos en la Iglesia renovada de hoy, con seguridad de alcanzar un mañana claro y firme.

Hora GMT: 24/Octubre/2009 - 05:11

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