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Es la novela cumbre del escritor argentino, que ha sido traducida a 30 idiomas

Murió el domingo pasado, a los 75 años, tras una larga lucha contra el cáncer; el martes fue incinerado, en un cementerio de las afueras de Buenos Aires. Sus restos fueron depositados en una urna que pasó por las manos de sus siete hijos. No hubo un ataúd, como en Santa Evita, su obra traducida a 30 idiomas; solo tangos de Astor Piazzola, algo de jazz de Keith Jarret, vermut y papas fritas; su voluntad se cumplió. Preparó su funeral con la misma escrupulosidad con la que escribía hasta ocho horas diarias. Creía que ningún relato podía salir sin una prolija investigación.
No quiso un ataúd para su funeral, como el que dio a Santa Evita, la carismática segunda esposa del tres veces presidente Juan Domingo Perón; la novela que terminó de escribir en 1995, en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, hace 15 años, en la ciudad de uno de sus escritores favoritos, Phillip Roth, a quien a veces parece imitar, porq ue uno de los protagonistas es Tomás Eloy Martínez, el escritor que va en busca de la historia.
La comenzó a escribir en la soledad de Highland Park, como confiesa al final de la misma novela, en una tarde impasible de otoño, cuando se sentó en una banca y anotó en su cuaderno: "Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir".
Así comienza el relato de lo que puede ser la gran alegoría de la Argentina que dejó atrás en su primer y largo exilio, cuando la organización de ultraderecha La triple A puso su nombre en la lista de condenados a muerte y debió partir a París primero, donde Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez le ayudaron para que fuera a instalarse en Venezuela, donde conoció a su compañera Susana Rotker, que moriría en un accidente de tránsito en Nueva Jersey.
"Tomás Eloy Martínez escribió la historia de una país latinoamericano autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado, y un día amaneció sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela, tan brutalmente salvaje como sus dictadores militares, tan brutalmente corrupto como sus políticos, tan ciego como todos ante las poblaciones de la miseria que fueron bajando hasta las avenidas porteñas, donde hoy recogen basura a la medianoche para comer", escribió Carlos Fuentes.
Eso es en el fondo Santa Evita, que "se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte". Que "se tejió a sí misma una crisálida de belleza", que "fue empollándose reina". Como todo un maestro del retrato, el escritor, desde el primer momento, dibuja a una Eva con una sola obsesión, la de no caer en el olvido. Es lo que le dice a Juan Perón en uno de sus tantos desvelos, en las primeras páginas de la obra. "Lo que no quiero es que la gente me olvide, Juan. No dejes que me olviden". Una Eva que no tenía cuerpo "sino respiraciones, deseos, placeres inocentes, imágenes".
La novela parece partir de una estructura lineal que comienza en la agonía y muerte de Evita, para entrar luego en una ficción apabullante transformada en realidad por la fuerza de la prosa al describir el trabajo del embalsamador Pedro Ara, que es contratado para vencer a la muerte, o para transformarla en un mito; que se mueve entre tubos de neón, cera, vinil, fibra de vidrio, baños de bálsamo, urnas de cristal y un ataúd, el que rechazó el escritor tras su muerte en un domingo.
La fuerza narrativa de Tomás Eloy Martínez es evidente en la descripción de personajes como el coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig, a quien Mario Vargas Llosa identificó con "un neurótico digno de figurar en las historias anarquistas de Conrad o en las intrigas católico-político-policíacas de Graham Green, teórico y práctico de la Seguridad, estratega del rumor como el pilar del Estado, verdugo y víctima del cuerpo insepulto de Evita, que hace de él un alcohólico, un paranoico, un fetichista, un amante necrofílico, una piltrafa humana y un loco" .
La novela tiene la audacia de mostrar la resurrección y ascensión de Evita a los altares del mito, en paralelo con la degradación del coronel que en las noches iba borracho a la cama de su hija para confesarle que era un fracaso. Y todo por culpa de la Difunta, que llegó a marcarlo para siempre, pese a que creía que las mujeres son solo "puntillas, escarlatinas, ruleros, trenzas, organdíes (...). Que "parecían escamas caídas de otro mundo, desgracias como la fiebre y el mal olor del cuerpo." Esa es su desgracia, verse vencido por Ella. (JT)
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