Por Bernardo Tobar Carrión
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El hombre expresión que, en buen castizo, incluye a los dos géneros, para que nadie se sienta excluido o excluida, según la chapucera moda idiomática de Montecristi-, en su insuficiencia, en su imperfección, tiende a tomarse a sí mismo muy en serio. Y cuanto más acusada la debilidad interna, tanto más manifiesta la fortaleza aparente. Hoy, igual que ayer, cuando el mundo político y la institucionalidad de Estado se llenan de rostros enjutos, dedos acusadores, corazones ardientes, gestos grandilocuentes, pontífices de esquina, fogosos lirismos, promesas mesiánicas, admoniciones apocalípticas, comisiones de "la verdad ad hoc", cuando el odio y la venganza se pasean desnudos, sin pudor, desafiando la virtud, nos lleva el inevitable contraste a contemplar al mayor líder de la historia, que no vino a juzgar, sino a salvar; no a ser servido, sino a servir; no a imponerse, sino a sacrificarse; que no dudó en morir por los demás; que proscribió la acusación y revolucionó el mundo con el arma del perdón; que ante la
confrontación, nos dio un mandato de amor; ante la división, proclamo la unidad; ante el odio, la reconciliación.
Ese líder, Jesucristo, jamás levantó la voz -salvo para reprender a los mercaderes en el templo-, nos dio ejemplo de amor al enemigo, de tolerancia ante la debilidad ajena. No tuvo trono, ni palacio, ni fuerzas armadas, ni mecanismos de coerción, ni recursos materiales. Al contrario, nos enseñó a desconfiar de los fariseos, de los supuestos guardianes de la ley. Su mensaje no lo transmitió con propaganda, sino con su vida. Este líder, aun luego del fin de sus días terrenales, sigue inspirando a miles de millones a seguirlo.
Pero el hombre-masa continúa buscando el cambio desde la ley y no desde la iniciativa libre. Esa mayoría olvida que al hombre no lo cambia una nueva Constitución y que la naturaleza, finita y efímera como la vida misma, hoy convertida en nueva deidad, es polvo pasajero.
Sí, nos han llenado de nuevos dioses, y la masa ha puesto la esperanza en el Estado y sus varios becerros de oro. Seguimos intentando lograr equidad, respeto, inclusión y justicia social a base de leyes que se imponen, de confrontación, de descalificación y propaganda. Es como intentar pulir una porcelana a base de martillazos.
Hay una nueva Constitución y habrán nuevas leyes, pero lo esencial no habrá cambiado. La verdadera revolución nace en la esfera íntima, individual, inmune a los dictados de la "democracia", ajena a la imposición de las masas, libre de la planificación estatal, desde donde debe surgir la condición humana en toda su grandeza, desde donde se gestan los pueblos exitosos, las naciones trascendentes.
La política actual está llena de mensajes y posturas intentando forjar credibilidad en torno a los candidatos. El ejercicio debe ser el opuesto: lograr que la gente empiece a creer en sí misma y en su potencial de construir un futuro brillante, no ya con la contribución de los políticos, sino incluso a pesar de ellos.
Hora GMT: 22/Marzo/2009 - 05:11

22/Marzo/2009 a las 08:19
Absolutamente de acuerdo. Ahora para los gobiernistas las acciones del mandatario no se discuten, son ley. Aún cuando éste sea el régimen que más veces ha violado a "la Nueva constitución" que se la ejerce con viejas y sabidas mañas: la prepotencia,la libre interpretación, libertinaje y autoritarismo. Típicas actitudes del jefe de estado y su corte.
La Revolución ciudadana no es más que una cantinflada de vetustos y empolvados pensamientos, de actitudes, gestos prepotentes y díscolos que son los que a diario vemos gritando y defendiendo como argumentos únicos a los enceguecidos y fundamentalistas correístas.
Masa a la que, por otro lado, no se le puede decir nada porque es agresiva demagogia de panfletos que como circo que llega al pueblo pregona el cambio y el mejor mañana. No se dan cuenta del espantoso presente en el que vivimos, para ellos todo ha mejorado. Esta masa irreflexiva de partidarios del gobierno, que es la misma a la que se refiere el editorialista, pregona igualdad. La única igualdad en lo que he podido ver en los años de agresiva campaña y gobierno (no existe diferencia): es el incremento de la prepotencia y vanidad del jefe de estado y sus seguidores, cada vez son más dueños de la verdad. Su verdad a la que con agresión y sin argumentos nos pretenden someter. ¡Ilusos!