Por Jaime Acosta Espinosa
The Wall Street Journal dio espacio, hace pocos días, a un artículo de Daniel Henninger, en el que se reflexiona sobre la extraordinaria capacidad retórica del presidente Obama. A través de sus inspirados discursos, Obama ha convertido la palabra en "su primer medio de hacer política". No se discute la popularidad que le brindan sus intervenciones, pero algunos consideran que Obama está otorgando a su oratoria una categoría desconocida, convirtiéndola prácticamente en "el acto central de su mandato presidencial".
Comenta Henninger que "Obama no es el orador en jefe de la nación. No es un senador ni es ya un candidato. Es el presidente. Los discursos importantes del presidente son distintos de los de cualquier otro. Este alto cargo impone exigencias que van más allá del poder de un podio. La inspiración importa, pero el cargo exige también actos de liderazgo. Las palabras de un presidente estadounidense deben conectarse con algo más que el sentimiento y la elocuencia. Sin embargo, demasiadas veces los grandes discursos de Barack Obama no parecen estar conectados a nada más que a sus interesantes pensamientos sobre ese tema".
Henninger, luego de citar algunos ejemplos, concluye que, a excepción de la sanidad, donde hay propuestas concretas de la Presidencia, en general "hay una desconexión entre la magnitud de las ideas y las acciones de Obama y, algunas veces, incluso de las ideas con la realidad". Hace unas décadas, a este tipo de estrategia de comunicación se la conocía peyorativamente como "demagogia", término que, a fuerza de repetirlo y achacarlo a diestro y siniestro, ahora parece que se ha desvanecido su matiz original.
Sin embargo, ese sugestivo discurso de Obama, que se limita a discurrir en torno de bellas ideas y no pisa la realidad, por lo cual ha merecido las críticas de Henniger, no se parece a la verbosidad excesiva de quienes, además de hablar por hablar, se creen obligados a gobernar lanzando rayos y truenos morales, políticos o simplemente verbales contra todos los opositores, amarrados todos como una especie sombría y amorfa, bajo los mismos rótulos: los periodistas, los políticos, los banqueros o los simples seres humanos que discrepan de los gobernantes. Los humanos no fuimos fabricados en serie, como en máquinas productoras de jabones. Todos fuimos hechos uno a uno, artesanalmente, con nombre y apellido y con amorosa diferencia. De manera que corrompen los derechos humanos esas generalizaciones que colocan a muchos en compartimentos estancos. La palabra "no es un arma arrojadiza ni munición destinada a pegarle buenos cañonazos al prójimo en su propia estima", repite F. Savater.
¿En qué terminarán la sistemática actitud agresiva hacia los demás, el rechazo de toda armonía, la polarización de los grupos sociales, la siembra de desconfianza y la exaltación egoísta? No solo en una falta de caridad personal, sino en algo todavía más grave: la desorganización de la vida social, la ruina de toda la paz y una batalla perpetua contra los otros y contra sí mismo.
jjacosta@hoy.com.ec
Hora GMT: 09/Agosto/2009 - 05:09
