Columna del padre Roberto
Por Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec
La resiliencia es un término relativamente nuevo en los lenguajes de las ciencias humanas que van desde la sociología hasta la ética, desde la pedagogía hasta las ciencias que cuidan la salud mental de las personas y de las sociedades. Sintetiza el contenido de muchos términos anteriores bien conocidos en cuanto a la resistencia al trauma y a las capacidades de resistir, sobrevivir y superar circunstancias devastadoras, vividas individualmente por niños, jóvenes y adultos, o también sufridas colectivamente por comunidades y diversos grupos humanos.
Es que hay en la condición humana recursos escondidos que solo emergen cuando las adversidades desbordan nuestras fuerzas. Una gran catástrofe puede ser el estímulo para el borrón y cuenta nueva que necesita el ser humano para volver a emprender otra vida con nuevas actitudes. Dejar que el pasado pase, sin olvidarlo, pero desactivando su potencial destructor para que no nos explote en las manos como una bomba o nos paralice con el miedo de que se vuelva a repetir. Tiene que despertarse dentro de nosotros y de nuestras sociedades esa misteriosa fuerza de superar la dialéctica entre la memoria y el olvido en una síntesis nueva, abierta a la esperanza y al futuro liberados de todo afán de revancha vengadora o de escepticismo nihilista. Y hacer, como en la copla, de nuestras penas, rayos de luz. En este sentido, la resiliencia viene a ser algo así como un milagro que consiste en el realismo de la esperanza. Dios bendice al que tiene esperanza y no renuncia a aportar su granito de arena en medio de la catástrofe.
El terremoto de Haití es ahora la ocasión para la solidaridad humana y la caridad fraterna. Da gusto ver a la comunidad internacional colaborar, sin esperar nada a cambio, para aliviar un sufrimiento incalculable. Pudo sucedernos a nosotros, y debemos ser generosos y manifestar espíritu de reciprocidad, pero también tenemos que aprender la lección dura que está experimentando aquella querida nación. Desgraciadamente, no aprenderemos pronto esa dolorosa lección y seguiremos siendo más solidarios en la catástrofe que en la prevención, ahorrando céntimos en prevenir y gastando dólares en reconstruir. La prevención tiene que posicionarse mejor en todas las sociedades, especialmente en las más vulnerables. Por no gastar mil dólares en prevenir (y me refiero igual a la educación, la salud o las infraestructuras), habrá que gastar después quizá millones en sepultar los cadáveres y en remover los escombros de lo que se nos cayó al suelo y nos costará muelas volver a construir. Es la hora de la resiliencia y de la esperanza, y nos toca vivirla con la intensidad que nos da la conciencia de sentirnos vulnerables. Solo el inmaduro, el salvaje y el infantil se pueden sentir omnipotentes, soberanos e invulnerables. Nosotros, conscientes de nuestras debilidades, preferimos creer que los heridos pueden sanar, no por arte de magia, sino por la tenacidad de la esperanza.
Hora GMT: 16/Enero/2010 - 05:13
