Por Diego Araujo Sánchez
daraujo@hoy.com.ec
No han faltado casos de periodistas que inventaron información. Uno de los más sonados se produjo en los ochenta con Janet Cooke cuando, en The Washington Post, publicó una serie de reportajes sobre un niño heroinómano. Por ese trabajo, la periodista negra recibió el premio Pulitzer. No obstante, después se vio obligada a confesar que había inventado la historia. El diario ofreció disculpas a los lectores y el premio fue devuelto.
La semana antepasada, se difundió un hecho sin precedentes: un reportero de televisión a la cabeza de una red criminal con la que cometió asesinatos para filmarlos y llegar con las cámaras de televisión antes que la Policía. Al menos, las piezas de los rompecabezas de cinco investigaciones de la Policía de Manaos empatan a la perfección después de que el ex militar Moacir Moa Jorge da Costa confesó ser parte de la organización ilegal de Wallace Souza. Este, de 51 años, halló al parecer la forma perfecta de conciliar tres destinos: el de ex policía, estrella de televisión y político más votado del estado brasileño del Amazonas. Claro que los antecedentes de su carrera policial son poco ejemplares: fue expulsado de las filas institucionales al ser sorprendido con las manos en la masa en tráfico ilegal de combustibles. Sin embargo, se dio modos para aprovechar la experiencia policial para ofrecer un programa que consiguió un puesto de privilegio en sintonía, el Canal Livre, que se vendió como periodismo de investigación que combatía el crimen y la injusticia social. Las cámaras llegaban antes que las patrullas policiales a la escena de los crímenes. El raiting subió como la espuma. Convertido en estrella, Souza pasó a la política y terció como diputado en su estado natal del Amazonas. Todavía se halla protegido por la inmunidad parlamentaria para responder por los crímenes de los que se le acusan.
Es un caso insólito en el que la realidad compite con una desaforada ficción del mismo género policial. Recuerdo algunos de los cuentos de Borges en los que se fabrican crímenes, como el de Emma Zunz para vengar a su padre falsamente acusado de desfalco, o el asesinato perpetrado por un espía para comunicar el lugar de un bombardeo al enemigo, en El jardín de lo senderos que se bifurcan, pero nunca conocí antes ni siquiera en cuentos de los asesinatos para conseguir elevar el rating de un programa de televisión, un macabro extremo al que puede llevar el prurito de convertir la información en show, exhibición macabra o pura farándula, formas aberrantes del populismo informativo. Sin embargo, me parece una falsa generalización concluir, por este hecho aberrante, como lo hace Mario Vargas Llosa en su artículo El mundo en que vivimos, publicado en El País, que Wallace Souza es la primera demostración palpable de que el hombre no es una totalidad definida, sino una materia modelable y cambiante, una melcocha o greda al que la dimensión imaginaria de la vida propulsada por el sistema educativo más universal y todopoderoso de la historia -las pantallas- va dando forma, realidad y cambiando al capricho de las modas. Hay bastante más que las pantallas en las complejas formas de conducta humana.
Hora GMT: 24/Agosto/2009 - 05:10
