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Relatos ciertos

Publicado el 05/Febrero/2012 | 00:36

Por: Pepe Laso R.
joselaso@hoy.com.ec

Ellos sabían que su abuelito había llegado de la montaña, un lugar a orillas de un río. La casa olía a humedad tropical que venía en los sacos de café y arroz. Entonces, antes de ir a la escuela, iban a abrazarle y él les besaba con sus enormes bigotes blancos. El les quería tanto que un día les había traído un cocuyo escondido en un pedazo de caña guadúa que nunca alumbró porque el frío del ferrocarril había apagado para siempre sus lucecitas. Él les contaba que allá en la montaña iluminaban las noches. Al regresar de la escuela, le pedían que les enseñara su revólver, un Smith Wesson con el que él viajaba siempre para defenderse de unos enemigos imaginarios. El revólver que se guardaba en el velador de su cuarto en la casa de la ciudad solo servía para desatar la memoria de los relatos que les contaba. Viajaban días enteros para llegar a la ciudad donde les cambiaban las libras esterlinas con las que les pagaban sus cosechas de cacao.

Él envolvía sus cigarrillos de "cochero" en un papel amarillo y fumaba en el patio de geranios mientras les contaba las mismas historias que cada vez que llegaba parecían diferentes. Cuéntenos, abuelito, esa historia del polvorín de los Alfaros. Y él decía que tenía una tía, que se llamaba Margarita y que él, porque tenía la mano muy pequeña, era el que podía abrir la puerta del polvorín. Y les contaba cómo era la guerra y cómo se llevaban los caballos para la guerra y como él era liberal, pero muy devoto de la Virgen de La Merced. . Cuando conversaba con mi abuelita, le oíamos decir "ustedes los curuchupas…".

Yo creía, entonces, que la diferencia entre liberales y curuchupas consistía en que los primeros, en las misas del domingo en el pueblito donde pasábamos vacaciones, se salían de la iglesia a fumar con sus amigos liberales durante los largos sermones del cura y después volvían a entrar a la misa.

Parecería que hoy, la retórica y la puesta en escena de la autoexaltación y vanidad se ha comido la verdad de la historia y la heroicidad de aquellos que dieron sus vidas más allá de las pantallas de televisión y que estuvieron más cerca de los relatos del abuelo. La mediatización de la política conlleva el riesgo de revelar los hilos que manejan el simulacro.

El recuerdo, dice un filósofo , implica la paradoja de la presencia de una cosa que está ausente. Hay una ausencia de lo imaginario, de lo irreal, de lo fantástico, y hay una ausencia del pasado, de lo que existió antes del relato que hacemos. Estas dos ausencias se superponen y es difícil desbrozar lo anterior de lo imaginario. "Toda la filosofía de la memoria es una batalla contra la superposición del recuerdo con las imágenes que empujan hacia lo irreal y la arrancan de lo anterior"

Parece que las urgencias del poder están llevando no tanto a tratar de modificar lo anterior, cuya reconstrucción suele ser el trabajo de los historiadores, sino a tratar de imponer desde el poder lecturas imaginarias que justifiquen las ambigüedades del presente.

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