El primer proyecto de "libre mercado" para Latinoamérica fue iniciativa de España, en el siglo XVIII, cuando el rey Carlos III impulsó las denominadas "Reformas Borbónicas". Reconociendo el fracaso del sistema de monopolio comercial, desde 1765 Cádiz dejó de ser el único puerto autorizado y se amplió la libertad de comercio con las colonias americanas a 12 nuevos puertos españoles. En 1778 se dictó el "Reglamento y Aranceles para el Comercio Libre de España e Indias", que permitió el comercio libre entre las colonias, incorporando progresivamente a 24 puertos americanos (incluidos Guayaquil, Manta y Montecristi) y desde 1789 al Virreinato de Nueva España y a la Capitanía General de Venezuela, inicialmente excluidos por el Reglamento.
Continuó prohibido cualquier comercio con otros países. El intercambio con España fue garantizado exclusivamente para los comerciantes españoles (20 ó 30 "magnates", según Stanley/Stein, "verdaderos internacionalistas" con intereses en Francia, Inglaterra, Holanda, etc.). Los empresarios americanos, en cambio, solo podían aprovechar del comercio intracolonial. Revivió la minería de la plata (Nueva España), tomaron impulso el azúcar (Cuba), los cueros (Buenos Aires), el cacao (Venezuela). Progresaron los puertos coloniales habilitados. En una década las importaciones desde España aumentaron por cuatro y crecieron sus ingresos fiscales. Pero solo el 25% de las exportaciones fueron de azúcar, tabaco, cacao y algodón americanos. Comenzó el primer auge del cacao guayaquileño, pero la ruina de los textiles de Quito. En toda Hispanoamérica crecieron las quejas de comerciantes y productores afectados por la competencia desigual. Paradójicamente, las Reformas Borbónicas prepararon el camino a la Independencia.
El "libre comercio" borbónico buscó fortalecer la economía de España y hacer frente tanto a la recesión económica interna como a la amenazante presencia del expansionismo inglés, la competencia europea y el contrabando colonial. Fue un intento por reforzar la hegemonía colonial en América, que John Lynch identifica como “segunda conquista” del continente. Fue un proceso que tiene muchos paralelismos con el ALCA, iniciativa de Estados Unidos, bajo un "neomonroísmo" que ha sido capaz de atraer con "libre comercio" a sectores dominantes de América Latina, históricamente reproductores de “ventajas comparativas” sustentadas en salarios bajos y condiciones laborales flexibilizadas.