Por Consuelo Albornoz Tinajero
Me sorprendió y me produjo desagrado la crítica de ciertos voceros de la izquierda conservadora a la decisión oficial de declarar tres días de luto nacional por el fallecimiento del ex presidente León Febres Cordero. Me pareció digno de reconocimiento, y un gesto de grandeza que autoridades del Ejecutivo y de la legislatura se adhirieran al dolor de la familia del ex mandatario.
Sin dejar de considerarlo un adversario político ni de contrastar sus posiciones políticas superaron esta distancia y se colocaron frente al ser humano. Pudieron, entonces, condolerse del pesar que seguramente abruma a su familia y amigos.
Fue una expresión de humanidad. En tanto, voceros de aquella izquierda conservadora casi invitaban a bailar sobre el cadáver del extinto mandatario.
Esta actitud, realmente, me indignó pues me pareció una demostración mezquina de su incapacidad para valorar la vida humana como tal, sino solamente cuando esta vida está ligada a "su" clase, a "su" proyecto, a "su" ideología.
En suma, cuando entre ellos y esa vida hay absoluta coincidencia. Lo cual, en otras palabras, implica no respetar la vida humana cuando hay diferencias y discrepancias de por medio. Es decir, en el pluralismo y la diversidad.
Este proceder creo que retrata a tal izquierda conservadora como fundamentalista, totalitaria, esencialista y tremendamente anclada en el pasado. Revela, además, cuando expresa su sorpresa por las señales de luto de miles de guayaquileños y antiguos rivales políticos de Febres Cordero, su incapacidad de advertir que hay tantas formas de percibir la realidad como individuos existen.
Tras estas demostraciones, carentes de toda compasión (de "solidaridad en la finitud", como dice Marina), comprendí por qué el desprecio de esta izquierda conservadora a la conmemoración de los 60 años de la declaración universal de los derechos humanos.
Y entendí por qué son capaces de justificar incluso masacres, siempre y cuando estas respondan a la "razón de Estado". No saben de la "razón de humanidad". Y son completamente coherentes cuando menosprecian los instrumentos internacionales que protegen a la persona, sin distinción, solo porque existe.
Y hasta me atrevería a concluir que la vida humana para ellos, para los izquierdistas conservadores, tiene apenas un valor instrumental, pues solo vale cuando esta vida se destina a la lucha por "su" proyecto.
Intuí, también, la razón de su furia, y rabia y frustración, cuando aconteció la liberación de Íngrid Betancourt. Claro, son los representantes de la doctrina aquella que reclama "que la tortilla se vuelva ", levantada sobre la base del rencor, el resentimiento y el revanchismo. Resentimiento y revanchismo, al un lado de la moneda; arribismo y viveza criolla al otro.
Y pensar que estos representantes tan reaccionarios son los que piden el cambio, los que prometen el "hombre nuevo".
cat@hoy.com.ec
Hora GMT: 26/Diciembre/2008 - 05:09
