Por Francisco Rosales Ramos
La macrocrisis económico-financiera que sacude al mundo y cuyas consecuencias finales falta por ver ha sido calificada como un hecho similar a lo que fue la caída del Muro de Berlín para el socialismo. La verdad es que ha sido un duro remezón del sistema, pero no es el fin de la economía de mercado. Son evidentes la deficiente supervisión y los excesos a los que pueden llegar los agentes económicos cuando no existe una regulación idónea, o cuando las normas son frágiles o fácilmente inobservadas. Esta experiencia generará los correctivos que eviten su repetición.
La economía de mercado requiere, por definición, de un Estado que regule y controle, que corrija las imperfecciones del mercado y que busque un reparto equitativo de los beneficios. Salvo por los extremistas del libre mercado no se niega la necesidad de reglas, controles y sanciones. Pero el desarrollo de la economía se basa fundamentalmente en la inversión privada. La pública se destina a infraestructura, educación y salud.
Los modelos socialistas, en sus diferentes variantes, atribuyen al Estado el monopolio de la propiedad de los medios de producción, aunque algunos "toleran" algún grado de inversión privada. Los resultados están a la vista: no existe una sola economía socialista desarrollada. El último ensayo, la Unión Soviética, se destruyó por una implosión del sistema. Setenta años de control férreo tanto en lo político como en lo económico dejaron una estela de pobreza y grandes daños ambientales.
Los ejemplos de Alemania del Este y Corea del Norte (dos pueblos de características iguales a sus contrapartes capitalistas: Alemania Occidental y Corea del Sur) son prueba de la incapacidad de los regímenes socialistas -o sería mejor llamarlos capitalistas de Estado- para lograr el desarrollo de sus pueblos.
Lo que ocurre actualmente en China confirma el hecho. Su desarrollo a tasas acumulativas de más de 10% anual, en los últimos 15 años, solamente ha sido posible cuando se abandonó el comunismo económico y se abrió al mercado. Es una experiencia sui géneris, porque el Gobierno y el partido mantienen un férreo control político, pero la economía es claramente capitalista. La bolsa de Shanghái es una de las más dinámicas del mundo.
El Estado empresario concentra la función propia de regulador, con las actividades productivas. Los conflictos de intereses surgen de inmediato y perjudican especialmente a quienes deben competir con las empresas públicas.
En suma, los fundamentalismos de "todo alrededor del Estado, nada fuera del Estado". Y "dejar el libre juego del mercado" no tienen cabida en el mundo actual. Una posición equilibrada entre el interés público y el legítimo afán de lucro -motor del desarrollo- ofrece las mejores expectativas.
rosales@hoy.com.ec
Hora GMT: 05/Enero/2009 - 05:09

05/Enero/2009 a las 08:31
Felicito a Francisco Rosales, pues su visión es muy cierta a mi criterio. Todo sistema necesita ajustes a medida que va madurando. Dependiendo del momento, los ajustes son de diversas dimensiones. Muchos extraviados socialistas, por allí alguno inclusive editorialista de este diario, han festejado el fín del capitalismo y han comparado, torpemente por supuesto; con la caída del muro de Berlín. Amigos, sin capitalismo no existe el mundo civilizado. Vuelvan los ojos a Irán, a Cuba, a la parte hipócrita de China.... eso se hizo con socialismo. Por otro lado, vuelvan los ojos a Irlanda, en 20 años se ha convertido en uno de los países mas prósperos de Europa...evidentemente la receta es 100% capitalista, y no tiene NADA de Revolución Ciudadana u otra payasada de esas.
05/Enero/2009 a las 18:50
Todo esto lo saben perfectamente los correístas, de manera que la única explicación de su empecinamiento en el inexistente socialismo del siglo 21 es una monstruosa corrupción mental y moral.