Por Jaime Acosta Espinosa
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El presidente Obama sufrió un revés cuando concurrió a pronunciar su discurso en la ceremonia de graduación de la universidad de Notre Dame, en los Estados Unidos, y a recibir su doctorado honoris causa. Varios círculos católicos juzgaron que no merece honores un político que, como una de sus primeras medidas, levantó el veto a la financiación federal para organizaciones que promueven el aborto en el extranjero. Poco después, autorizó la entrega de fondos federales para investigaciones con células madre embrionarias, que suponen la destrucción de embriones humanos. No es aventurado presumir que, detrás de esas decisiones, se esconden intereses de muy gran calibre que forzaron la firma del presidente.
Obispos, sacerdotes, profesores y alumnos se rebelaron contra la presencia de Obama en Notre Dame. Se informa que 25 alumnos no asistieron a su graduación. En verdad, fue solo una minoría. Pero una minoría, fuertemente coherente y aferrada a sus principios, se vuelve capaz de aplastar algún día a cualquier mayoría amorfa y circunstancial.
Semanas atrás, la prestigiosa jurista Mary Ann Glendon renunció al galardón que la misma universidad pensaba otorgarla -la Laetare Medal-, para no avalar la postura de dicha alma máter con el presidente Obama.
Los obispos estadounidenses pidieron a las instituciones católicas, en 2004, que "no concedieran honores a aquellos que actúan sin respetar los principios morales fundamentales" y que, a tales personas, "no se les deberían conceder premios, honores o plataformas que pudieran sugerir un apoyo a sus acciones".
"Esta petición -apostilló Glendon-, que en modo alguno implica un control o interferencia con la libertad de una institución para invitar y debatir con quien quiera, me parece tan razonable que no entiendo cómo una universidad católica puede no respetarla". Dicha observación, proveniente de una profesora que ha enseñado en universidades tan seculares como Harvard, no puede despacharse invocando sin más la libertad académica.
En nuestros mundos culturales, caracterizados por trapisondas y componendas, suena muy meritorio y excepcional que una personalidad renuncie a una medalla, que sin duda alguna elevaría la calidad de su hoja de vida, con el objeto de defender públicamente sus más íntimas convicciones y las enseñanzas de su Iglesia, que cada día se ve más desobedecida, vapuleada y burlada por propios y extraños.
El rector de Notre Dame, Rev. John I. Jenkins, alegó que otros presidentes habían sido invitados anteriormente. Se quería honrar en Obama su histórica elección y su ambicioso programa social de lucha contra la pobreza, la cobertura sanitaria, la ruptura de las barreras de raza..., sin estar de acuerdo con todas sus políticas, sobre todo en lo referente a la defensa de la vida.
Obama pronunció en Notre Dame un discurso muy pulido, profundo, cristianamente impecable y merecía todos los aplausos, si no fuera porque las actitudes mencionadas contradecían en buena parte lo que decían sus palabras.
Hora GMT: 24/Mayo/2009 - 05:11
