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Quebrada y resistencia

Publicado el 09/Junio/2012 | 00:50

Margarita Laso

mlaso@hoy.com.ec



Uno de los policías que localizó a Rosa Elvira Cely en la madrugada del 24 de mayo, en el Parque Nacional de Bogotá, dice que fue un impacto encontrarla porque ella tenía un gesto de sonrisa. Había dicho algunas veces al policía que se comunicaba con ella que no podía moverse y que estaba muriendo. Así la encontraron, en un estado grave de destrucción. Fuera de la indignación por el ataque sexual y la sevicia con el que este fue cometido, la sociedad colombiana cuestiona también la lentitud de su rescate, las decisiones del traslado de Rosa Elvira. Se cuestiona al sistema de emergencia mismo, que hace que ella sea atendida en el hospital solo varias horas después de la primera llamada de auxilio que hizo. La información es confusa. En una crónica se reporta que fue a la 1:30, en otras, mucho después. Pero un policía retoma el contacto alrededor de las 4:30, tardan más de una hora en dar con ella, una ambulancia la reporta a las 6:30, llega al hospital cerca de las 8, es atendida recién a las 10. Una estremecedora consigna de la marcha producida el 3 de junio, en el mismo parque, para protestar por esta secuencia de hechos dice: ¿Dónde están los hombres de la policía?, ¡seguro son los mismos que no respondían! Rosa Elvira había sido brutalmente violada, torturada, presentaba heridas de arma blanca, golpes, había sido empalada. Se presume que fue dejada por muerta. Pero sobrevivió 4 días.

En ese tiempo, la comunidad pudo conocer que la mujer de 35 años trabajaba como vendedora informal de caramelos y minutos de celular, que costeaba sus estudios en un colegio nocturno, que quería alcanzar el bachillerato y ser sicóloga, que tenía una hija de 12 años. También se conoció la captura del hombre –un compañero- que ella había identificado. Los antecedentes criminales de él: una pena de 3 años por asesinato, denuncias de agresión sexual contra sus hijastras. Sin embargo, como muchos perpetradores de violencia contra las mujeres, es conocido en su entorno estudiantil como un tipo respetuoso. Aquí recuerdo una de las consignas de las activistas: ¡No fue un sicópata, fue un machista! dicen ellas. Llevan tambores. Suman el repudio de miles de personas que recorren las rutas del parque. ¿Quiénes somos?: ¡colombianos!, ¿cómo estamos?: ¡indignados!, ¿qué queremos?: ¡justicia! Mujeres y hombres jóvenes y viejos, familias, madres, hijas, militantes de las causas de las mujeres y de los derechos humanos, cargan pancartas y rosas. Cargan los nombres de otras víctimas. Voces donde confluyen el dolor y, de un modo algo atenuado, la esperanza. Árboles enormes dan el marco a las quebradas, al rumor del agua que escuchó Rosa Elvira, a la movilización. No más beneficios para violadores, dicen: No más indiferencia, La vida es sagrada. Ni una muerta más. Se hace hondo el silencio. Hay pañuelos y nubes. Las que visten de negro cargan tambores, bombos, sus golpes son a un tiempo latidos de la que se apaga y pasos de la guerrera. Ni una asesinada más, dicen, y baten con firmeza las valientes membranas de la resistencia.

 

Autor: Margarita Laso - mlaso@hoy.com.ec Ciudad Quito

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