¿Con qué imagen de la nueva Constitución nos quedamos? ¿Con la de Rafael Correa y su visión del cambio político para dejar atrás la partidocracia, la corrupción y el neoliberalismo? ¿Con la fantasía arquitectónica del "Corcho" Cordero sobre la nueva casa que se levanta en un Ecuador de esperanza? ¿Con la de Alberto Acosta y Fernando Vega sobre la poca calidad de los últimos debates y el apresuramiento de la fase final? ¿ O con la de León Roldós, tan cercano al oficialismo durante largos siete meses, sobre una contradicción instalada en el corazón del nuevo texto entre una declaración de principios socialista y un diseño fascista del sistema político?
Hay tantas versiones de la Constitución desde el propio oficialismo que resulta bastante claro que ni ellos mismos saben lo que produjeron. Si tomamos en serio las advertencias de Acosta y Vega sobre la calidad del texto, si tomamos en serio las barbaridades encontradas por el propio presidente, si tomamos en serio la explosiva contradicción señalada por Roldós, la pregunta es ineludible: ¿qué hacer frente al referendo? ¿Pasamos por alto todas esas advertencias bajo el supuesto de que la revolución ciudadana necesita un instrumento para legitimar su fantasía refundadora del país?
Lo que aparece claro es que el texto final está lleno de vacíos, contradicciones e inconsistencias. No podía esperarse otro resultado de un proceso que se propuso cambiar absolutamente todo en ocho meses.
Correa tiene razón cuando dice que la claridad del documento no dependía de la cantidad de los debates sino de la claridad de los objetivos. Pero los tiempos políticos se les fueron de las manos precisamente porque faltó claridad en los objetivos: ¿qué se quería cambiar y qué se quería socializar del cambio en el debate? Seamos francos: nadie sabe, después de ocho largos meses de debates, finalmente qué contiene la nueva Constitución. El oficialismo tampoco está seguro de lo que produjo, pero no tiene otra opción sino defender lo actuado.
La mayor limitación del proceso nace de una contradicción evidente desde casi el inicio: la Constitución se debatió al mismo tiempo que en Carondelet se constituía un núcleo extremadamente centralizado del poder, con un liderazgo autoritario, causante de las tensiones con Acosta.
El conflicto entre los dos traduce la pugna entre una estructura de poder concentrada y centralizada, y las simulaciones democráticas de Acosta. Pero no es una contradicción que amenace la unidad de Alianza País.
Los infiltrados han sido extraordinariamente condescendientes con quien los ha maltratado, con quien se ha mostrado poco leal y muy egoísta hacia sus compañeros de ruta. A pesar de todos los ex abruptos de Correa, como los calificó Acosta, el bloque ha permanecido unido.
Ha sido capaz de poner por encima de las veleidades del líder un compromiso con el cambio.
Hay que analizar la naturaleza de las contradicciones de la nueva Constitución y de sus vacíos para pronunciarse. No basta proclamar la revolución ciudadana y callar los vacíos, las ausencias y los sospechosos apuros de última hora, e ir ciega y tontamente por el "Sí".
Hora GMT: 29/Julio/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Felipe Burbano de Lara













