Por Marena Briones Velasteguí
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Sí, "que el mundo cambie", y que cambie con "un mínimo de regulación, teniendo en cuenta el desastre que ha supuesto la desregulación". El presidente francés Sarkozy lo ha expresado así en su nombre y en el del presidente brasileño, Lula da Silva, dos de los mandatarios de los países que han acudido a la cumbre del denominado G20, que se llevó a cabo el pasado 2 de abril en Londres y de cuyo desenlace no puedo dar cuenta en este momento.
Para entonces, de camino a la recepción que ofrecía Isabel II en el Palacio de Buckingham, el mismo Sarkozy y Merkel, la canciller alemana, habían declarado ya ante los periodistas que Francia y Alemania hablarían con una sola voz. Una sola voz dispuesta a reclamar una nueva regulación financiera, pues, sin confianza, no habrá recuperación. Ese objetivo, añadieron, no es negociable.
"Un acuerdo que transforme el mundo, porque una crisis como esta no puede volver a repetirse", ha subrayado Merkel.
¿Será posible un acuerdo así? Ya podremos constatar hasta dónde llegó la cumbre y hasta dónde serán capaces de ir dando resultados los compromisos que en ella finalmente se hayan adquirido. Guerra o no guerra a los paraísos fiscales, supervisión o no supervisión a los emolumentos de directivos, establecimiento o no establecimiento legal de límites salariales para las entidades rescatadas con fondos públicos, control o no control público para toda clase de fondos de inversión de cobertura o alto riesgo (hedge funds) y no solo para los grandes, más o no más estímulo público a la economía son algunos de los asuntos cruciales que más controversia han estado suscitando.
La otra cara de la cumbre la pusieron los miles de activistas que se apostaron en la víspera en el barrio financiero londinense, en protesta airada y violenta contra el dinero, los banqueros y la globalización. Después de todo, la cumbre y el G20 no andan por allí. La regulación reclamada por varios de sus miembros no es una regulación contra los mercados financieros. Todo lo contrario: quieren una regulación que, reformando a tales mercados, los fortalezca, y quieren, obviamente, saltar pronto y bien el inmenso bache económico, social, político e ideológico que ha implicado la actual crisis financiera mundial.
La divergencia Europa-Estados Unidos de América es una divergencia básicamente táctica. Mientras la primera, como bloque, aunque también acuñe perspectivas divergentes en su seno, quiere ponerle mano dura a los mercados, a los productos y a los actores financieros; el segundo opone férrea resistencia a una excesiva regulación y propone un mayor intervencionismo público para impulsar la economía.
Lo cierto es que nadie puede predecir todavía, si es que fuera posible predecirlos, todos los efectos que acarreará la crisis. Ni hay tampoco todavía nadie que pueda tener certeza absoluta sobre la dimensión y la profundidad de la actual debacle financiera. ¿Será solo cuestión de más o de menos regulación? No creo que baste solo eso para que el mundo cambie. Que cambie el mundo, sí, pero que cambie en beneficio de la mayoría de la gente.
Hora GMT: 03/Abril/2009 - 05:09
